A la memoria de Carlos Pinzón, hombre sabio y generoso
“No son bárbaros quienes no tienen buena educación o han leído poco,
sino quienes niegan la plena humanidad de los demás”.Tzvetan Todorov
En la universidad leí con apasionada avidez el hermoso gran estudio Introducción a la literatura fantástica del lúcido historiador, crítico y teórico literario búlgaro Tzvetan Todorov (Sofía, 1939-París, 2017), ya un clásico para acercarse y entender mejor esta inagotable vertiente de la creación artística. Un no menos reconocido filósofo, lingüista y filólogo que a principios de la década de los sesenta emigró a París e hizo de Francia su segunda patria, entre la nutrida nómina de exiliados de países de la Europa del Este que consiguieron brincar la asfixiante cortina de hierro, heredó de sus padres bibliotecarios el amor por los libros y el conocimiento. El entonces joven pensador encontraría en la boyante París el generoso cobijo del gran Roland Barthes, quien supo reconocer el talento de quien desde sus años de estudio en su natal Sofía ya había mostrado un vivo interés por la cultura francesa, en especial por el imbricado telar que conforman el pensamiento y las letras del llamado Siglo de las Luces.
Ya en París se doctoró con una visionaria tesis en torno a la obra cumbre de Pierre Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas, incendiaria novela epistolar que en el siglo XIX había caído en el olvido y a principios del XX se convirtió en una de las más publicadas y leídas, con distintas y desiguales lecturas para otros lenguajes, como la extraordinaria y muy exitosa para el cine del realizador inglés Stephen Frears de finales de la década de los ochenta, con formidables actuaciones de Glenn Close, John Malkovich y Michelle Pfeiffer. La verdad es que este muy bien documentado estudio de Todorov serviría de referente para algunas de estas versiones, incluida la lírica de Conrad Susa que en la década de los noventa se estrenó en la Ópera de San Francisco, con las sobresalientes mezzo Frederica von Stade y soprano Renée Fleming.
En la década de los setenta inició Todorov estudios de filosofía del lenguaje, interés temporal que daría pie a sus no menos interesantes tratados Teoría de los símbolos y Simbolismo e interpretación. De vuelta a su apasionada fascinación por las ciencias sociales y el entramado dieciochesco francés, en especial la historia de las ideas, se dio otra vez a la tarea de estudiar a fondo la ilustración y la obra tanto filosófica como literaria de Rousseau, Voltaire y Diderot, tres de los personajes que consideró fundamentales en la conformación de su propio pensamiento. De esos años data, precisamente, la citada y ya imprescindible disertación en torno a la literatura fantástica, donde describe, en detalle y con precisión, todos los artificios y pivotes que significan el género fantástico como espacio fabulador de tácitos acuerdos y complicidades entre el autor y el lector, describiendo además variantes, espacios fronterizos, posibles clichés y riesgos, en conclusión, sumas y restas en la construcción y el desarrollo de lo que él llamó la “poética de lo fantástico”.
Humanista de aliento crítico, siempre agudo e inquieto, lúcido y visionario, culto y creativo, a contracorriente en un mundo que por la vía del capitalismo a ultranza o de los estados totalitarios ha negado y/o sometido al individuo, en 1981 publicó otro de sus libros fundamentales, con su penetrante mirada puesta en el otro lado del planeta, porque la periferia y el Otro también eran temas esenciales de su interés: La conquista de América. Volviendo al mundo de las ideas y a la historia, al ser humano como protagonista ––ya sea víctima y/o victimario–– en su atropellado transitar por este mundo, dice haber llegado a este destino después de haber leído con devoción a los grandes escritores del boom latinoamericano, a los que admiraba y entre quienes con algunos llegó a entablar estrecha amistad. Como William Faulkner y los escritores latinoamericanos que siguieron la impronta del autor de Luz de agosto, la conquista y la colonia constituyeron dos manifiestas experiencias de violenta imposición, de violación y de abyecta barbarie que el espíritu librepensador e iconoclasta de Todorov supo mirar con complaciente sensibilidad y aguda penetración, como signo identitario cargado en nuestro ADN.
Profesor y director del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS), en París, también dio clases en Yale, Harvard y Berkeley. En estos prestigiados centros de docencia y de investigación enseñó y coordinó distintos trabajos en torno a sus muchos decididos temas de interés y de querencia, presentes de igual modo en sus libros y ponencias, entre ellos, el pensamiento y la poética de los formalistas rusos, la filosofía del lenguaje, el libre pensamiento y el oscurantismo, la creación y la barbarie como antípodas históricas, e incluso el estudio de ciertas formas de pintura y sus creadores paradigmáticos y más representativos, por ejemplo, Vermeer, Rembrandt y Goya. Pero si tuviéramos que buscar una constante, siempre emerge el pensamiento ilustrado como eje rector dentro de su nutrida y ecléctica bibliografía, como por ejemplo en Frágil felicidad, en Nosotros y los otros, en Benjamin Constant, en El jardín imperfecto o en El espíritu de la Ilustración.
Pensador de meridiana inteligencia y clarividente juicio, de sobria y a la voz poética expresión, Tzvetan Todorov supo reflexionar, no sin angustia y con preocupación, sobre la verdad y sus riesgos, sobre el mal y sus posibles rostros, sobre la justicia y la dignidad, sobre la memoria y el olvido, sobre el encuentro y el desencuentro de culturas, sobre la barbarie y la alteridad, sobre los límites de la libertad individual, sobre las crisis de las democracias modernas y el desarraigo, en cuanto él siempre se vio como un exiliado entre dos realidades. Irreverente y hasta despiadado, no dejó nunca de manifestar su disgusto por los maniqueísmos y las cortinas de hierro, por las falsas ideologías y el arribismo político, por la simulación y el engaño, no ajeno a esa sabia y conocida referencia latina: “homo hominis lupus”. Conocidos son de igual modo sus acercamientos a otros ilustres personajes del pasado y el presente como el padre del ensayo Michel de Montaigne y el no menos visionario pensador Claude Lévi-Strauss, con quienes también manifestó un innegable débito.
Frente a la actual pandemia que hoy asola a la destructiva humanidad y le ha vuelto a dar respiro al mundo por ella devastado en su ruinoso tránsito por este mundo, Tzvetan Todorov llegó a declarar muchas veces, como sus grandes hermanos espirituales de formación, que se sentía apenado por pertenecer a una condición más proclive al menoscabo que a la creación, a la codicia que al desapego, al exceso que a la mesura, al homocentrismo que al respeto al otro diferente, a la hoguera de las vanidades que a la discreción. Como bien ha dicho, inteligentemente escéptico, el no menos lúcido filósofo, poeta y musicólogo navarro Ramón Andrés, en una estupenda entrevista que le ha hecho mi querido Armando G. Tejeda para La Jornada, con motivo de la aparición de su espléndido más reciente libro Filosofía y consuelo de la música, “Si dos guerras mundiales (y toda nuestra infausta historia detrás, dijo) no nos han cambiado, menos lo hará este virus”.
