Un buen hombre que se ha desprendido de todo para darles a sus hijas una jugosa renta de 50 mil francos, vive en una pensión burguesa donde paga 620 francos de renta y ahí muere como un perro. Toda la historia es cierta, decía Honoré de Balzac (20 de mayo de 1799 – 18 de agosto de 1850) de su personaje Papá Goriot. Transcribo algunas líneas de la famosa novela:
“La señora Vauquer, de soltera De Conflans, es una anciana que desde hace cuarenta años regenta una pensión en la calle Neuve-Sainte-Geneviève, entre el barrio latino y el de Saint-Marceau. Esta pensión, conocida bajo el nombre de Casa Vauquer, admite tanto a hombres como mujeres, jóvenes y ancianos, sin que las malas lenguas hayan atacado nunca las costumbres de tan respetable establecimiento. Pero también es cierto que desde hacía treinta años nunca se había visto en ella a ninguna persona joven, y para que un hombre joven viviese allí era preciso que su familia le pasara mensualmente muy poco dinero. No obstante, en el año 1819, época en la que da comienzo este drama, hallábase en Casa Vauquer una joven pobre […]
La casa en la que se explota la pensión pertenece a la señora Vauquer. Está situada en la parte baja de la calle Neuve-Sainte-Geneviève, en el lugar donde el terreno desciende hacia la calle de la Arbalète, con una pendiente tan brusca que raras veces suben o bajan por ella los caballos […] De una edad de unos cincuenta años, la señora Vauquer se parece a todas las mujeres que han tenido desgracias. Tiene los ojos vidriosos, el aire inocente de una callejera que se hace acompañar para hacerse pagar mejor, pero, por otra parte, dispuesta a todo con tal de hacer más agradable su suerte. Sin embargo, es buena mujer en el fondo, dicen los huéspedes, que la creen sin fortuna al oírla gemir y toser como ellos. ¿Quién había sido el señor Vauquer? Ella nunca hablaba del difunto. ¿Cómo había perdido su fortuna? En las desgracias, respondía la señora Vauquer. Se había portado mal con ella, sólo le había dejado los ojos para llorar, aquella casa para vivir y el derecho de no compadecer ningún infortunio, porque, decía, había sufrido todo lo que es posible sufrir […]
Generalmente los huéspedes externos sólo se abonaban a la comida del mediodía, que costaba treinta francos mensuales. En la época en que comienza esta historia, los internos eran en número de siete. El primer piso contenía los dos mejores apartamentos de la casa. La señora Vauquer habitaba el menos considerable, y el otro pertenecía a la señora Couture, viuda de un comisario-ordenador de la República francesa. Tenía consigo a una muchacha llamada Victorina Taillefer, a la que hacía de madre.
La pensión de estas dos señoras ascendía a mil ochocientos francos. Los dos apartamentos del segundo piso estaban ocupados, el uno por un anciano llamado Poiret; el otro por un hombre de unos cuarenta años de edad que llevaba una peluca negra, se teñía las patillas, decíase antiguo negociante y se llamaba señor Vautrin. El tercer piso se componía de cuatro habitaciones, dos de las cuales estaban alquiladas, una a una solterona llamada señorita Michonneau; la otra a un antiguo fabricante de fideos, pastas de Italia y de almidón, el cual dejaba que le llamaran papá Goriot…”
Novedades en la mesa
Para mirar hacia los clásicos, la reedición de la inquietante novela de la inglesa Edith Olivier, Querida niña (Periférica), una singular visión del amor obsesivo.

