Al escritor y editor Hernán Lara Zavala debemos la edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra en la colección Nuestros clásicos que él mismo dirige en la UNAM. La novela aparece en dos volúmenes (105 y 106) con las notas Diego Clemencín (1765-1834), publicadas en seis volúmenes entre 1833 y 1839; el prefacio que Heinrich Heine escribiera para la versión alemana de 1837, y un tercer volumen (108) con el facsímil de las Anotaciones a la historia de don Quixote de la Mancha de John Bowle, pastor protestante inglés que aprendió español y leyó libros de caballerías y de autores contemporáneos de Cervantes, para después editar y anotar la novela (en Londres y en Salisbury en 1781).

En el 67 aniversario de la quijotesca revista Siempre!, transcribo algunas de las anotaciones del filólogo y gramático Clemencín a la obra de Cervantes:

Capítulo I, dice Cervantes: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre (1) no quiero acordarme…”

Clemncín anota: 1.- Cervantes no nombró este lugar, pero no se duda que es Argamasilla de Alba, pueblo del priorato de San Juan, en la Mancha, cuatro leguas a poniente de manzanares. Así lo prueba la constante creencia del país, el testimonio de Alonso Fernández de Avellaneda, émulo de Cervantes, autor de la supuesta continuación del Quijote, y los versos burlescos con que al fin de la primera parte se ridiculizó, bajo nombres fingidos, a los académicos de Argamasilla. Según las tradiciones populares, de que hacen mención don Juan Antonio Pellicer y don Martín Fernández Navarrete en las vidas que escribieron de nuestro autor, éste pasó comisionado judicialmente para ciertas cobranzas a Argamasilla, y la justicia, lejos de auxiliarle para el cumplimiento de su encargo, lo puso en la cárcel pública, donde concibió la idea de su libro. Véase por lo que no quería Cervantes acordarse del nombre del lugar, y por lo que dijo en el prólogo que su Quijote se había engendrado en una cárcel; cuya ociosidad, junto con el despacho producido por éste y otros malos tratamientos que experimentó Cervantes de parte de los manchegos, hubo de sugerirle la ingeniosa venganza a que se debe la inmortal fábula del Quijote.

Capítulo V, dice Cervantes: “Viendo, pues, que, en efecto, no podía menearse, acordó (1) de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros…”

Clemencín anota: 1.- Los antiguos hubieron de creer que la memoria residía en el corazón, y de aquí el verbo decorar y la expresión tomar de coro, común a las lenguas francesa y castellana, y los verbos recordar y acordarse, este último recíproco, que significa renovar la memoria de alguna cosa. Cuando no es recíproco, como sucede en el presente pasaje del texto, es lo mismo que resolver, y en este sentido se usa ordinariamente cuando la resolución es de muchos.

Capítulo VIII, después de la batalla de los molinos de viento, cuando don Quijote se enfrenta al Vizcaíno, dice Cervantes: “El Vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje…”

Clemencín anota: “Aquí está bien marcada la diferencia entre las palabras denuedo y coraje, que alguno quizá tendría por sinónimas. El denuedo está principalmente en la actitud y el gesto; el coraje es la resolución unida a la ira; el denuedo es del cuerpo; el coraje, del ánimo. Coraje tampoco es valor, porque éste es tranquilo.”

Capítulo IX, dice Cervantes: “y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado de esta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos, y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado (6) que los leyese…”

Y Clemencín anota: 6.- Esto es, algún morisco que se explicase en castellano y pudiese servir de intérprete. Aljamía era el castellano que hablaban los moros, así como algarabía era el arábigo que hablaban los cristianos. Unos y otros debían hacerlo con muchos defectos, tanto en la propiedad como en la pronunciación. De aljamía y algarabía nacieron aljamiado y algarabiado.