Escritor tardío, Frank Mc Court (19 de agosto de 1930-19 de julio de 2009) obtuvo a los 66 años el Premio Pulitzer por su primera novela, la historia de su infancia irlandesa, Las cenizas de Ángela. En los agradecimientos dice el autor: “Éste es un pequeño himno en exaltación de las mujeres”. Transcribo las primeras líneas.

“Mis padres deberían haberse quedado en Nueva York, donde se conocieron y casaron y donde yo nací. En cambio, regresaron a Irlanda cuando yo tenía cuatro años, mi hermano Malachy, tres, los mellizos, Oliver y Eugene, escasamente uno, y mi hermana, Margaret, ya estaba muerta y enterrada.

Cuando rememoro mi niñez me pregunto cómo sobreviví. Fue, claro, una infancia miserable: la infancia feliz difícilmente vale la pena para nadie. Peor que la infancia miserable común es la infancia miserable irlandesa, y peor aún es la infancia miserable católica irlandesa.

La gente en todas partes se jacta o se queja de los infortunios de sus primeros años, pero nada se puede comparar con la versión irlandesa: la pobreza; el padre alcohólico, locuaz e inestable, la piadosa y derrotada madre gimiendo junto al fuego; sacerdotes pomposos; maestros abusivos; los ingleses y las cosas terribles que nos hicieron durante ochocientos largos años.

Y sobre todo: vivíamos mojados.

Mar adentro en el océano Atlántico se formaban grandes cortinas de agua que se iban deslizando río Shannon arriba para instalarse definitivamente en Limerick. La lluvia empapaba la ciudad desde la fiesta de la Circuncisión hasta la víspera de Año Nuevo. Generaba una cacofonía de toses secas, estertores bronquiales, resuellos asmáticos y graznidos tísicos. Convertía las narices en fuentes, los pulmones en esponjas bacterianas. Suscitaba curas en abundancia: para aliviar el catarro se hervían cebollas en leche ennegrecida con pimienta; para las vías congestionadas se hacía un emplasto de harina hervida con ortigas, se envolvía en un trapo y se aplicaba, chirriando de calor, en el pecho.

De octubre a abril las paredes de Limerick brillaban de humedad. La ropa nunca se secaba: los trajes de paño y los abrigos de lana alojaban seres vivios y a veces pelechaban en ellos misteriosas vegetaciones. En las tabernas el vapor brotaba de los cuerpos y las ropas mojadas y se inhalaba junto con el humo de pipas y cigarrillos diluido en el rancio vaho de los regueros de whisky y de cerveza y mezclado con el olor a orines que flotaba desde los retretes exteriores donde más de uno vomitaba el salario semanal.

La lluvia nos hacía entrar a la iglesia: nuestro refugio, nuestra fuerza, nuestro único sitio seco. En misas, bendiciones y novenas nos hacinábamos en grandes racimos húmedos arrullados por el zumbido monótono del cura mientras el vapor volvía a brotar de nuestra ropa para mezclarse con la dulzura del incienso, las flores y las velas.

Limerick tenía fama por su piedad, pero sabíamos que era sólo la lluvia.”

 

Novedades en la mesa

Cuantos reales de javier Cercas (Acantilado), es el segundo volumen que reúne sus crónicas publicadas en el periódico El País.