Discípulo de Flaubert, Guy de Maupasssant (5 de agosto de 1850-6 de julio de 1893) pasó de burócrata escribiente a cuentista, y sus narraciones cortas tuvieron tal éxito, que pudo dedicarse a la literatura sin descanso, hasta ser recluido en una clínica por trastornos mentales. Transcribo las primeras líneas de su cuento La casa de Tellier, traducido por Javier Albiñana para Bruguera (1982).
“Acudían allí cada noche, sobre las once, como al café, sin más.
“Se reunían seis u ocho, siempre los mismos, no juerguistas, sino hombres respetables, comerciantes, jóvenes de la ciudad; y se tomaban su chaarteuse manoseando un poco a las mozas, o charlaban circunspectos con madame, a quien todos respetaban.
“Se retiraban antes de medianoche. A veces, los jóvenes se quedaban.
“La casa era familiar, pequeñita, pintada de amarillo. Ocupaba la rinconada de una calle detrás de la iglesia de Saint-Etienne; y, desde las ventanas se divisaba la dársena repleta de barcos que descargaban, la gran salina denominada “Embalse” y, en segundo plano, la cuesta de la Virgen con su antigua capilla toda ella gris.
“Madame, oriunda de una buena familia de campesinos del Eure, había aceptado aquella profesión como se hubiera hecho sombrerera o lavandera. El prejuicio de deshonra que va ligado a la prostitución, tan arraigado y violento en las ciudaddes, no se da en el campo normando. El campesino dice: “es un buen oficio”, y manda a la hija a regentear un harén de prostitutas como la mandaría a dirigir un pensionado de señoritas.
“Aquella casa era por lo demás herencia de un anciano tío que la había poseído. Madame y su marido, antaño posaderos en las cercanías de Ivetot, se habían apresurado a liquidar su negocio, juzgando harto más ventajoso el de Fécamp; y una buena mañana, se presentaron y tomaron las riendas del negocio que venía a menos en ausencia de sus dueños.
“Eran excelentes personas que de inmediato se granjearon el afecto del personal de la casa y de los vecinos.
“El marido murió de una congestión dos años más tarde. Al tenerle su nueva profesión ocioso e inmóvil, había engordado demasiado y su salud terminó ahogándolo.
“madame, desde su viudez, era inútilmente deseada por todos los asiduos del local, pero decíase que era de una honestidad sin tacha y ni las propias pupilas habían logrado descubrir nada.
“Era alta, metida en carnes, de agradable aspecto. Su tez, empalidecida en la oscuridad de aquella casa siempre cerrada, relucía como si estuviera encerada. Un delgado aderezo de pelillos alborotados, postizos y rizados circundaba su frente, confiriéndole un aspecto juvenil que desentonaba con la madurez de sus formas. Invariablemente alegre y risueña, bromeaba gustosa, con un atisbo de comedimiento que sus nuevas ocupaciones no habían podido aún borrar en ella. Seguían incomodándola un tanto las palabras malsonantes; y, cuando un mozo llamaba por su nombre el local que dirigía, montaba en cólera, indignada. Poseía, en fin, un alma delicada, y aún cuando trataba a sus mujeres como amigas, solía repetir que ‘no somos fruta del mismo árbol’”.
Novedades en la mesa
Un libro sobre libros es el ensayo de Irene Vallejo, El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, editado por Siruela.
