Católico en su vida y en su obra, el francés Francoise Mauriac (11 de octubre de 1885-1 de septiembre de 1970), Premio Nobel de Literatura 1952, fue hombre de su tiempo, combatió en las dos guerras mundiales y defendió desde el periodismo las causas democráticas. Su novela más famosa, Nudo de víboras, es el monólogo de un avaro resentido, que al sentir próximo el final de su vida, le escribe una carta a su esposa. Transcribo las primeras líneas.

“Te asombrará descubrir esta carta en mi arca, sobre un paquete de acciones. Tal vez hubiera sido mejor confiarla a un notario que te la hubiera entregado después de mi muerte; o bien guardarla en el cajón de mi escritorio, lo primero que forzarán los hijos cuando haya empezado a enfriarme. Pero ocurre que, durante años, he rehecho en espíritu esta carta y la imaginaba siempre, en mis insomnios, destacándose sobre el estante del arca, de un arca vacía, que no contenía otra cosa que esta venganza, elaborada durante casi medio siglo. Tranquilízate; por otra parte, ya te has tranquilizado: “Las acciones están ahí.” Me parece oír esta frase en el vestíbulo, al regreso del banco. Sí. Llamarás a los hijos, a través de tu velo negro: “Las acciones están ahí.”

“Ha faltado muy poco para que ellas no se encontraran “ahí”, y yo había tomado bien mis medidas. Si hubiese querido, hoy se encontrarían despojados de todo, salvo de la casa y las tierras. Han tenido suerte de que yo sobreviviera a mi odio. Durante mucho tiempo he creído que mi odio era lo que había más vivo en mí. Y he aquí que hoy, al menos, no lo siento. El anciano en que me he convertido apenas si representa al furioso enfermo que había sido poco antes y que pasaba las noches combinando sólo su venganza –esa bomba que había de estallar más tarde y que yo había montado con una minuciosidad de la que me sentía orgulloso–, pero buscando el medio de poder gozarme de ella. Hubiese querido vivir mucho para ver vuestras cabezas de regreso del Banco. Se trataba de no facilitarte  demasiado pronto el medio de abrir el arca, sino lo suficientemente tarde para gozar de esa última alegría de oír sus preguntas desesperadas: “¿Dónde están las acciones?” Y me parecía, entonces, que la más atroz agonía no había de impedirme ese placer. Sí, yo he sido un hombre capaz de calcular tales cosas. ¿Cómo llegué a esto, yo, que he sido un monstruo?

“Son las cuatro y la bandeja de mi almuerzo y los platos sucios sobre la mesa atraen a las moscas. He llamado en vano; en el campo no funcionan las campanillas. Espero sin impaciencia en esta habitación donde he dormido de niño; donde, sin duda, he de morir. El día en que esto ocurra, el primer pensamiento de nuestra hija Genoveva será el de reclamar para los hijos. Yo ocupo, solo, la habitación más grande, la mejor acondicionada. Hacedme la justicia de reconocer que he ofrecido a Genoveva cederle este sitio y que lo hubiera hecho sin tener en cuenta al doctor Lacaze, que no admite para mis bronquios la atmósfera húmeda del piso de abajo. Sin duda yo hubiera consentido en ello, pero con tal rencor que es mejor que me lo hayan impedido. He pasado toda mi vida llevando a cabo toda clase de sacrificios, cuyo recuerdo me envenenaba, y alimentaba y acrecentaba esta especie de rencores que el tiempo ha fortalecido”.

 

Novedades en la mesa

Música, sólo música (Tusquets), de Haruki Murakami y Seiji Ozawa, es el libro que el varias veces candidato al Nobel de Literatura dedica a su pasión musical.