Así como circunstancial fue que nuestro narrador contemporáneo por antonomasia Carlos Fuentes naciera en Centroamérica (Panamá, 1928-Ciudad de México, 2012), cuando su padre cumplía compromisos diplomáticos en el país del Canal, no menos fortuita resultó su lamentable muerte en la metrópoli de la que tanto escribió, porque estos meses del año eran los que acostumbraba pasar en su residencia de Londres. Tan mexicano como universal, cosmopolita desde sus primeros años, con su partida se fue no sólo quien era nuestro polígrafo en activo de mayor reconocimiento internacional, sino también uno de nuestros intelectuales más agudos y críticos, más visionarios.

Graduado en leyes por la Universidad Nacional Autónoma de México y en economía por el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra, Fuentes fue siempre y ante todo escritor, vocación que decía descubrió incluso desde antes de hablar. Miembro de El Colegio Nacional desde 1972, de la mano de Octavio Paz, en 1975 aceptó con Luis Echeverría el nombramiento de embajador de México en Francia (“[…] como homenaje a la memoria de mi padre […]”, escribió), y durante su gestión se abrieron las puertas de la embajada a los refugiados políticos latinoamericanos y a la resistencia española. Cinco años después renunciaría, irrevocablemente, en protesta contra el nombramiento del expresidente Díaz Ordaz como primer embajador de México en España, después de la muerte de Franco.

Desde su primer libro de cuentos Los días enmascarados, de 1954, que concibió durante sus años de becario del Centro Mexicano de Escritores, se definen las que serían las coordenadas de su literatura, entre ellas, su peculiar obsesión por el lenguaje como principio y fin en sí mismo, la búsqueda de la mexicanidad desde sus primeras raíces, la reconstrucción del tiempo como un todo inacabado, y por supuesto la realidad, la memoria y la imaginación como fuentes inagotables —y a la vez entreveradas— del torrente ficcional. Con su primera y notable novela La región más transparente, de 1958, contribuiría además a edificar el gran personaje mítico y ya inalcanzable de la Ciudad de México, que junto con Casi el paraíso de Luis Spota y El sol de octubre de Rafael Solana conformaron la gran triada inaugural de la novelística citadina de los cincuenta. En Las buenas conciencias, novela de apenas un año después que pone su mayor acento en el enfrentamiento de generaciones, contrasta la capital con la provincia, el adentro con el afuera, la transgresión con el interdicto, el cambio con la inmovilidad, la novedad con la tradición.

La muerte de Artemio Cruz, de 1962, constituye una vuelta de tuerca considerable en su largo y atonal itinerario escritural, un alto en el camino y su obligado retorno al pasado inmediato, especie de recomposición crítica y a la vez visionaria de la novelística y los novelistas revolucionarios, una honda reflexión que el escritor consideraba indispensable en la cimentación de su personal andamiaje literario e intelectual. Es más, sin La muerte de Artemio Cruz resulta impensable el cierre de albada que ya habían prefigurado desde luego Rulfo y Revueltas, en la conformación definitiva de una novelística mexicana contemporánea con una ya definitiva carta de identidad.

De esos mismos años son de igual modo dos de sus aportaciones más sensibles y agudas al séptimo arte (“El cine es otra de mis grandes pasiones”, escribió), ambas en colaboración con su entrañable colega y amigo de toda la vida Gabriel García Márquez, y en los dos casos también a manera de homenaje a Juan Rulfo, primero con El gallo de oro, de Roberto Gavaldón, de 1964, y más tarde con Tiempo de morir, en el debut de Arturo Ripstein, de 1966, que si bien no es a partir de una historia del autor de Pedro Páramo (de hecho, en la versión de Juan Velo de esta novela, de ese mismo año, tendría una importante participación), posee un notorio efluvio de la tan personal como paradigmática atmósfera rulfiana.

Un prodigio, abierta a las más dispares lecturas e interpretaciones, es su pequeña pero profunda novela Aura, también de 1962, narración en la cual la memoria y el tiempo, la vida y la muerte, la realidad y la ficción, construyen un sólido puente de entrecruzadas antípodas que bien simbolizan lo entreverado de la existencia y de la propia condición nacional. Cuatro décadas después escribiría otra novela breve no menos poderosa e impecable, igualmente pletórica de significados e interlíneas, El instinto de Inez, que para mí tiene el adicional de ser un sentido y hondo homenaje a otra de sus grandes pasiones, la música, al Hector Berlioz de La condenación de Fausto, otro de los notables acercamientos euterpeanos a la célebre obra de Goethe.

Tras la consecución de la novela total, Cambio de piel, de 1967, plantea el germen de una exploración narrativa que alcanzará su cúspide con Terra nostra, de 1975, en cuanto espacio a su vez de profunda y dolorosa indagación personal, de lúcido análisis histórico, de arriesgadas extrapolaciones, de una búsqueda formal donde el lenguaje constituye algo así como un templo de adoración. Colosal obra de madurez en la que Fuentes se plantea una “[…] sobre elaborada búsqueda del ser a través del camino accidentado de la historia […]”, en palabras de Milan Kundera (¡qué hermoso y revelador su prólogo a la primera edición en español de La vida está en otra parte, medular en la geografía del novelista bohemio!), Terra nostra supone la suma de todos los tiempos habidos y por venir.

Narrador de tiempo completo, de férrea vocación, Carlos Fuentes fue además un ensayista no menos prolífico, perspicaz y comprometido con los tantos temas que igual pueblan su literatura de ficción, de lo cual dan crédito títulos cardinales como La nueva novela hispanoamericana, El espejo enterrado, Geografía de la novela o Nuevo tiempo mexicano, por sólo mencionar algunos. Con los más de los reconocimientos importantes, candidato en varias ocasiones al Nobel, catedrático en algunas de las más prestigiadas universidades, extraordinario conversador, vivió en carne propia la muerte de dos de sus tres hijos, y tratándose de un creador y pensador de su envergadura, controvertido como los más, su ausencia nos ha producido algo así como una sensación de orfandad, sobre todo porque personajes de ese empaque resultan cada vez menos frecuentes en lo que su contemporáneo Mario Vargas Llosa (piezas fundamentales del boom latinoamericano) ha dado en llamar “la civilización del espectáculo”.