Veinte autoras se reúnen en Vindictas. Cuentistas latinoamericanas coeditado por la UNAM y la editorial española Páginas de Espuma. El volumen forma parte del proyecto Vindictas, destinado a recuperar la gran literatura escrita por mujeres y que ha permanecido fuera del canon oficial. El cuento que encabeza la antología es “Inmóvil sol secreto”, de la mexicana María Luisa Puga. Transcribo las primeras líneas.
“Llegamos a la isla por la mañana. Siempre la llamamos isla, pero en realidad era una aldea porque la isla era enorme y nosotros estábamos en una de sus puntas. Había cuarenta casas, no nos habían dicho. Cuarenta, de las cuales una era una escuela abandonada. Había, nos dijeron, solo dos niños. Y un adolescente. Los demás eran todos viejos, cansados, parecían sabios en su quietud amodorrada. Mujeres invisibles, gordas cuando rara vez salían, de aire latinoamericano, faldas floreadas, blusas a cuadros, risa fácil, murmullos, codazos. No vimos un solo vestido negro o miradas torvas, hostiles, herméticas. Pero no hablaban con nadie.
“Cefalonia no fue nunca invadida por los turcos.
“A raíz de un terremoto más o menos reciente, casi toda la gente se había ido, y aunque nuestra aldea estaba completamente reconstruida, persistía un aire de catástrofe, de terror callado. Pero lucía valiente sus flamantes casitas horrorosas, sus caminos pulcramente pavimentados invadiendo el cerro hosco y seco que enclaustraba un poco a la aldea. La electricidad llegaría en unos cuantos meses. Todo era nuevo y barato y contrastaba con las escasas embarcaciones de color azul cielo o de un blanco espeso, lleno de grumos.
“Enfrente estaba Ítaca. Ítaca, decía Enrique, mirándola con ojos entrecerrados por el sol. Ítaca, repetía tanteando la salida de nuestra depresión.
“Y en el aire flotaba una música lastimera y los cencerros de los corderos que parecían no llegar jamás a ninguna parte. Por todos lados se aparecía el mar violeta, hinchado.
“No era triste, pero nos sentimos abandonados, olvidados para siempre y agobiados por nuestra decisión de quedarnos ahí, asidos de la mano, sintiendo desinflarse nuestra esperanza entre las miradas curiosas de la gente y el taxista que creía más conveniente gritar sin soltar la portezuela de su auto a acercarse a la mujer que se esforzaba por oírle desde la puerta del café.
“Ya otros extranjeros habían venido antes que nosotros, nos había contado el taxista en el camino. Pero no era un pueblo de turismo. No había restoranes ni hoteles como en Argostolión o en Sami. Ni los yates se acercaban a Fiskardo. Para qué, si no había nada. Con todo, este grupo de extranjeros volvía cada año en el verano y siempre ocupaban el faro abandonado que quedaba un poco apartado de la aldea. Eran jóvenes. Americanos, creía el taxista en su italiano atroz, pero nosotros tampoco hablábamos, de manera que ahí nos entendíamos con gestos y miradas, fingiendo comprender antes de tiempo.
“Extranjeros, en fin, ellos los mismos siempre. Ellas distintas cada vez, pero los extranjeros, se alzaba de hombros el taxista. En el pueblo los aceptaban bien. Habían ayudado a apagar un incendio. A veces trabajaban en la colecta de aceitunas. A cambio de comida porque eran pobres. Se vestían con harapos, vivían en el faro abandonado. Pero eran extranjeros, y el taxista nos miraba por el espejo y no nos preguntaba a qué veníamos…”
Novedades en la mesa
El japonés Natsume Soseki es el autor de Yo, el Gato (Impedimenta), aguda crítica social y reflexión filosófica a través de la mirada de un felino.
