Más de 60 libros y decenas de cuentos escribió Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens) (30 de noviembre de 1935-21 de abril de 1910), conoció la fama y la riqueza, pero siempre que le preguntaban por su etapa más feliz, no dudaba en contestar que cuando navegaba como piloto el río Misisipi. Transcribo las primeras líneas de su novela más entrañable, Las aventuras de Tom Sawyer, traducida por Elvira Vázquez Gamboa para Cumbre (1956).

–¡Tom!

Silencio.

–¡Tom!

Silencio.

–¡Dónde se habrá metido este muchacho!… ¡Tom!

La anciana se bajó las gafas y miró por encima de ellas alrededor de la habitación; después se las subió a la frente y miró por debajo. Rara vez, o nunca miraba a través de los cristales a cosa de tan poca importancia como un chiquillo: aquéllos eran los lentes de lujo, su mayor orgullo, usados como ornato más bien que para servicio; pues lo mismo hubiera visto mirando a través de un par de anteojeras. Se quedó un instante perpleja, y luego dijo, no con cólera, pero con voz lo suficientemente alta para que la oyeran los muebles:

–Bueno; pues te aseguro que si te echo mano te voy a…

No terminó la frase, porque antes se agachó dando estocadas con la escoba por debajo de la cama; así es que necesitaba todo su aliento para puntuar los escobazos con resoplidos. Lo único que consiguió fue desterrar un gato.

–¡No he visto cosa igual a ese muchacho!

Fue hasta la puerta y se detuvo allí, recorriendo con la mirada las plantas de tomate y las hierbas silvestres que constituían el huerto. Ni sombra de Tom. Alzando otra vez la voz, la anciana gritó:

–¡Toooom!

Oyó a sus espaldas un ligero ruido; entonces, volviéndose tan rápidamente como pudo, atrapó al muchacho por la chaqueta.

–¡Ya estás! ¡Que no se me haya ocurrido pensar en esa despensa!… ¿Qué estabas haciendo ahí?

–Nada.

–¿Nada? Mírate esas manos, mírate esa boca… ¿Qué es eso pegajoso?

–No lo sé, tía.

–Bueno; pues yo sí lo sé. Es dulce…, eso es. Mil veces te he dicho que como no dejes en paz ese dulce te voy a despellejar vivo. Dame esa vara.

La vara se cimbreó en el aire; el peligro era inminente y la situación desesperada.

–¡Dios mío! ¡Mire lo que viene ahí detrás, tía!

La anciana giró en redondo, recogiéndose las faldas para esquivar el peligro; en el mismo instante el chico escapó, se encaramó por la alta valla de tablas y desapareció tras ella. Su tía Polly se quedó un momento sorprendida; después se echó a reír bondadosamente.

–¡Diablo de chico! ¿Es que nunca acabaré de aprender sus mañas? ¡Cuántas jugarretas como ésta no me habrá hecho, y aún le hago caso! Pero las viejas bobas somos más bobas que nadie. Perro viejo no aprende gracias nuevas, como suele decirse. Pero, ¡Señor!, si no me la juega del mismo modo dos días seguidos, ¿cómo va una a saber por dónde irá a salir? Parece que adivina hasta dónde puede atormentarme antes de que llegue a montar en cólera, y sabe, el muy pillo, que si logra distraerme o hacerme reír, ya todo se acabó y soy incapaz de pegarle. No; la verdad es que no cumplo mi deber hacia este chico: ésa es la pura verdad, pues la Biblia dice bien claro: “Si escatimas el castigo echarás a perder a tu hijos.” Y así estoy pecando por los dos y sufriendo por los dos. Esta tarde faltará al colegio, y no tendré más remedio que hacerle trabajar mañana como castigo…”

 

Novedades en la mesa

Del autor de La soledad de los números primos, el italiano Paolo Giordano, Conquistar el cielo, editado por Salamandra