Me formé acercándome con furor a la obra de escritores cardinales del siglo XX como Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa, a quienes pretendíamos agotar y comentábamos entre un cohesionado grupo de apasionados correligionarios universitarios que ocupábamos la mayor parte de nuestro tiempo en esta más que aleccionadora cofradía lectora. Pensadores y creadores tan distintos como complementarios, porque los seres humanos suelen parecerse precisamente a partir de lo que los diferencia, como bien escribió mi también muy admirado Ernesto Sabato, dicha diversidad contribuiría precisamente a moldear el que creo ha sido uno de los rasgos distintivos en mi formación tanto anímica como intelectual.
Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020) se llama el más reciente libro de Vargas Llosa sobre el gran polígrafo y estilista argentino que ha marcado a tantas generaciones de escritores y lectores que, como el mismo autor de Conversación en la catedral, han sido tocadas por el inusitado e inconfundible genio borgiano. Si bien no se trata de un estudio del calibre de García Márquez: historia de un deicidio o La orgia perpetua. Flaubert y Madame Bovary o La verdad de las mentiras o La tentación de lo imposible en derredor del Victor Hugo de Los miserables, porque además de un novelista poderoso, es un ensayista no menos lúcido y perspicaz, Medio siglo con Borges reúne un nutrido acopio de conferencias, artículos, reseñas y entrevistas que constatan una honesta gratitud para con uno los más brillantes artífices de nuestro idioma, ya un clásico en vida.
Un lector no menos ávido e inteligente, quien bien ha escrito que “[…] seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos […]”, este por otra parte generoso acercamiento a la personalidad y la obra de Borges define el talante de quien si bien afirma que su literatura poco o nada tiene que ver con la del autor de El Aleph, en cambio reconoce que su deslumbrante universo literario y su diáfano estilo, su perfección inefable, su tan personal poética, le han proporcionado una particularmente gozosa experiencia tanto estética como intelectual. Formado en la idea satreana de la “resposabilidad social y ética del escritor”, Vargas Llosa supo reconocer en Borges que el verdadero genio artístico termina siempre por superar cualquier etiqueta propagandística o prejuicio ideológico, conforme lo único que trasciende, más allá incluso de su propio creador, es la imperecedera calidad de su obra, su resonancia atemporal.
Vargas Llosa insiste aquí en el carácter a la vez complejo y fascinante de la multidimensional literatura borgiana, que en su unicidad, su belleza y su hondura define precisamente su ya incuestionable naturaleza paradigmática. Uno de los mayores descubrimientos de su juventud, que mantuvo casi a hurtadillas por el llamado de una condición que lo llevaba por otros muy distintos derroteros hiperrealistas, Borges significó el placer excelso de la búsqueda y el descubrimiento estéticos, de la ensoñación onírica y la alquimia intelectual. Y ese apasionado encuentro se ha extendido a lo largo de ya más de cinco décadas, de una devoción que lejos está de haberse marchitado, porque su obra lo sigue acompañando en la intimidad, tratándose la lectura de una experiencia esencialmente solitaria, y que con Borges siempre resulta inédita y nos revela algo nuevo, ya sea como cuentista, o como poeta, o como ensayista, géneros que con él se entremezclan y parecieran reinventarse.
A más de treinta años de la desapación física del celebérrimo polígrafo argentino, otra de las tantas inobjetables pifias del Nobel, y a los ojos de quien sí lo ganó (el japonés narrador Kawabata, por ejemplo, cuando lo recibió, en 1968, expresó que lo merecía más su genial discípulo y entonces todavía vivo Mishima), Vargas Llosa rinde culto aquí a quien ha sido uno de sus escritores de cabecera, por más que en lo personal siempre se haya sentido más bien distante: “Me produce una indefinible nostalgia y la sensación de que algo de aquel deslumbrante universo salido de su imaginación y de su prosa me estará siempre negado, por más que tanto lo admire y goce con él. […] La perfección absoluta no parece de este mundo, ni siquiera en obras artísticas de creadores que, como Borges, estuvieron más cerca de lograrla.” Reconocer la obra ajena no ha sido precisamente lo más común en una actividad donde predominan más bien la vanidad y el canibalismo, y la estatura de Vargas Llosa, con todos los reconocimientos a una obra sólida y de igual modo ya trascendente, se engrandece cuando se acerca a escritores ––siempre con reveladores talento, sabiduría y buen juicio–– con los cuales se ha formado y gozado.
Cuando me preguntan que a cuáles artistas prefiero sobre otros, y si bien siempre habrá innegables querencias, la maravilla del arte es que podamos descubrir y disfrutar a creadores de este nivel, reveladora experiencia que bien podemos replicar en todas las manifestaciones artísticas. Lo extraordinario es precisamente tener la oportunidad de leer con similar fruición a escritores tan disímiles y a la vez complementarios como Borges y Vargas Llosa, o deleitarnos con la obra inconmensurable de Mozart y de Beethoven, o emocionarnos con una ópera de Wagner o una de Verdi, o que nos embelesemos ante un cuadro de Goya o uno de Picasso, porque el genio, más allá de escuelas y de estilos, de variantes y de poéticas, siempre acaba por manifestarse y transformarnos. El arte es quizá el único cauce cultural que en verdad nos redime como condición, en cuanto nos enfrenta con lo mejor y lo peor que dentro de la misma compleja e inasible naturaleza humana se expresa consciente o inconscientemente, situándonos de frente a nuestra propia imagen que, como profesaban los románticos, igual responde a lo sublime que a lo grotesco, al Eros que al Thanatos, a cuanto es pasión por la vida que deseo agazapado de muerte.
