Alguna vez capital de la entonces Alemania Occidental, Bonn sobre todo está asociada al nombre de Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena 1827) que allí vio la luz a mediados de diciembre (¿15 o 16?) de 1770. Y si bien su carrera la hizo y proyectó desde Viena, capital a la cual iban a parar irremediablemente los más y menos talentosos músicos durante buena parte del siglo XVIII y los primeros lustros del XIX, su genio y su personalidad se delinearon desde su ciudad natal (“Infancia es destino”, escribió Freud), porque en ella sufrió los sinsabores y penurias bajo el yugo de un padre autoritario y violento, pero igual descubrió la singularidad de su talento y los primeros impulsos de una dependencia amatoria no menos determinante en su obra.
Estar en su ciudad natal y en la Beethoven-Haus promovida inicialmente por otros músicos de la talla de Brahms o de Verdi que impidieron su demolición, es transportarse en el tiempo y conocer el ambiente y las circunstancias que detonaron y acicatearon el proceso creativo de este enorme y singular compositor. Tras un revelador y hasta alucinante itinerario por la vida y el trabajo de este gran genio de transición entre el clasicismo y el romanticismo musicales, a través de una elocuente museografía se descubren la sensibilidad, el genio creativo y las indiscutibles influencias en la gestación de uno de los catálogos más sorprendentes en toda la historia del arte musical: nueve sinfonías (incluida la inigualable Novena, la gran “Coral”), cinco conciertos para piano (con el atípico Triple Concerto y “El Emperador” ––el No. 5–– como pináculos en su género), treintaidós memorables sonatas para piano, otras piezas menores pero no menos excelsas para el rey de los instrumentos, su solitario Concerto para violín entre los más interpretados, otras obras corales (como su sublime Missa Solemnis), su notable música de cámara, sus hermosísimos ciclos de canciones, y por supuesto su única ópera Fidelio que le ocupó toda una década y constituye un canto inefable a la libertad.
Confeso fetichista que va tras los pasos de los grandes artistas que idolatro y cuya obra me ha cobijado en este sinuoso transitar por un mundo cada vez más ciego y sordo a lo verdaderamente trascendente, como cuando solo y en medio de una helada lluvia de otoño fui a visitar la estatua en su honor y su supuesta tumba en el Cementerio Central de Viena, recorrer la Beethoven-Haus en Bonn (con alrededor de 150 objetos originales) nos permite revivir la personalidad y el espíritu complejos de un artista que experimentó a plenitud las circunstancias de una época particularmente movida e intensa (el ascenso y la caída, por ejemplo, de Napoleón I), y que desde su tribuna de artista dotado e inquieto de igual modo influyó en el curso de muchos otros acontecimientos y revueltas dentro y fuera del arte, con el poderoso ascendente de personajes como Goethe y Schiller.
Aparte de por supuesto escuchar su creación portentosa e imperecedera, ir a la Beethoven-Haus es adentrarnos en su espacio íntimo y en su mundo interior siempre conflictuados de frente a un temperamento a flor de piel, para entender y hacernos cómplices de una personalidad compleja que tras su genio creador fue capaz de dar luz a uno de los más poderosos, elocuentes y conmovedores entramados artístico-musicales. A diferencia de Mozart, el gran genio incomprendido que pagó con creces el pretender romper con el mecenazgo (su sepultura en una fosa común constituye uno de los más escandalosos descréditos de la estulticia humana), el sepelio de Beethoven fue un evento apoteósico y multitudinario, despidiendo a quien con su maravilloso arte contribuyó a darle voz sonora a su tiempo y a varias generaciones de pensadores y creadores inspirados por su personalidad y por su obra.
Fundado en 1889, el museo exhibe una parte representativa de las colecciones privadas allí reunidas como el pianoforte que alguna vez tuvo en su poder el gran escritor y biógrafo salzburgués Stefan Zweig (confesó no haber podido escribir un libro de su tan dilecto músico, porque admiraba el Juan Cristóbal de su igualmente respetado Romain Rolland que se había inspirado en Beethoven), y es la mayor recopilación dedicada al compositor. Con una extraordinaria y vívida curaduría, hay retratos, manuscritos originales, instrumentos y objetos de uso diario del compositor (como la estrujante colección de utensilios para apalear su progresiva, trágica y determinante sordera, y por supuesto su máscara mortuoria), permitiendo al visitante tener una impresión viva y auténtica en torno a la vida y la obra del gran músico, para beneplácito de quienes seguimos su culto con verdadera devoción. Cuenta además con la biblioteca especializada más grande e importante sobre el tema, y con un no menos exhaustivo Archivo-Beethoven constituido con motivo de la conmemoración del centenario luctuoso de Beethoven en 1927, principal centro de documentación sobre la vida, la obra y el círculo intelectual que rodeó al músico.
Muy presente en el séptimo arte con toda clase de propuestas, unas más acertadas y valiosas que otras, he vuelto a ver la bella y profunda cinta A Late Quarter, del israelita Yaron Zilberman, del 2012, conmovedor melodrama inspirado y en derredor del atípico y referencial Cuarteto de cuerda opus 131, que se sabe el gran Schubert tuvo presente en su lecho de muerte y Wagner admiraba con furor como atestigua en su gran ensayo sobre Beethoven. Contenido dentro de los celebérrimos últimos (seis) cuartetos de cuerda de Beethoven, conforman una parte neurálgica dentro del acervo de madurez de un compositor de por sí perfeccionista, insuperables en su género, según el importante pensador Theodor Adorno, sirviendo de inspiración, por ejemplo, al gran poeta y dramaturgo anglosajón T. S. Eliot para concebir sus nodales ––indispensables dentro de la lírica contemporánea–– Cuatro cuartetos.
Escritos entre 1825 y 1826, en el ultimo periodo crítico sobre todo en la vida interior del compositor, estos ulteriores seis Cuartetos de cuerda (Opus 127, 130, 131, 132 y 135, más la Gran Fuga Opus 133, originalmente concebida para cerrar el Opus 130), sobresalen por su complejidad melódica, armónica y de ejecución proyectada al futuro. Incomprendidos en su tiempo, por obvias razones, estos últimos cuartetos, con el mencionado Opus 131 como pináculo de la escritura camerística, constituyen algo así como el numen de la creación beethoveniana, ejerciendo una enorme influencia en compositores posteriores como el húngaro Béla Bartók, quien a su vez escribió los seis suyos como un franco homenaje al gran genio de Bonn.
