Desde su aparición por entregas en 1956 y el escándalo que provocó desde el primer capítulo, Madame Bovary se convirtió en un ícono literario universal, aunque los críticos se han cansado de decir que no es la mejor prosa de Gustave Flaubert (12 de diciembre de 1821- 8 de mayo de 1880). Transcribo las primeras líneas, tomadas de la traducción de Mauro Armiño para Siruela.
“Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director, seguido de un nuevo vestido de calle y de un mozo que traía un gran pupitre. Los que dormían se despertaron, y todos nos pusimos de pie como sorprendidos en nuestro trabajo.
“El director nos hizo seña de que volviéramos a sentarnos; luego, volviéndose hacia el jefe de estudios, le dijo a media voz:
“–Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en quinto. Si su trabajo y su conducta lo merecen, pasará a los mayores, como corresponde a su edad.
“El nuevo, que se había quedado en el rincón, detrás de la puerta, de tal modo que apenas se le veía, era un chico de campo, de unos quince años, y más alto de estatura que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo cortado recto sobre la frente como un chantre de pueblo, y parecía formal y muy azorado. Aunque no fuera ancho de hombros, su casaca de paño verde con botones negros debía de molestarle en las sisas y dejaba ver, por las vueltas de las bocamangas, unas muñecas rojas habituadas a ir descubiertas. Las piernas, con medias azules, salían de un pantalón amarillento muy tensado por los tirantes. Calzaba unos recios zapatos mal lustrados y guarnecidos de clavos.
“Empezamos el recitado de las lecciones. Las escuchó con los oídos muy abiertos, atento como si estuviera en el sermón, sin atreverse siquiera a cruzar las piernas ni apoyarse en el codo, y, a las dos, cuando sonó la campana, el jefe de estudios tuvo que avisarle para que se pusiera con nosotros en la fila.
“Al entrar en clase teníamos costumbre de tirar nuestras gorras al suelo, para luego tener más libres las manos; desde el umbral había que lanzarlas debajo del banco, de manera que golpeasen contra la pared levantando mucho polvo; eso era lo ideal.
“Pero, bien porque no se hubiera fijado en esa maniobra, o por no atreverse a someterse a ella, ya había acabado el rezo y el nuevo seguía con la gorra sobre sus rodillas. Era uno de esos tocados de orden compuesto, en el que se encuentran los elementos del casco de granadero, del chascás, del sombrero de copa, de la gorra de nutria y del gorro de dormir, en fin, una de esas cosas lamentables cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil. Ovoide y armada de ballenas, empezaba por tres rodetes circulares; luego, separados por una tira roja, alternaban unos rombos de terciopelo con otros de piel de conejo; a continuación venía una especie de bolsa rematada por un polígono de cartón y cubierto de un bordado de complicado sutás, y del que pendía, en el extremo de un largo cordón demasiado delgado, un pequeño colgante de hilos de oro, en forma de borla. Era nueva; la visera relucía”.
Novedades en la mesa
Las calamidades de la vida cotidiana en escenarios de pesadilla se encuentran en los textos de El libro de los dioses de Bernardo Esquinca, editado por Almadía.
