El británico E. M. Forster (1 de enero de 1978-7 de junio de 1970) es el autor de la frase: “Si tuviera que elegir entre traicionar a mi país o traicionar a mi amigo, sólo espero tener las agallas para traicionar a mi país”. Defendió la tolerancia y las relaciones interpersonales y ése fue el acento que puso en sus novelas y ensayos. Transcribo las primeras líneas de Donde los ángeles no se aventuran (trad. de Maite Cirugeda Galés para Seix Barral, 1991).

“Estaban todos en Charing Cross para despedir a Lilia –Phillip, Harriet, Irma y la propia Mrs. Herriton–. Incluso Mrs. Theobald, acompañada de Mr. Kingcroft, había hecho frente a un viaje desde Yorkshire para decir adiós a su única hija. Miss Abbott también estaba asistida por numerosos parientes, y el panorama de tanta gente hablando al mismo tiempo y diciendo cosas tan dispares hacía que Lilia estallara en incontrolables carcajadas.

”–Es toda una ovación –gritó, dejándose caer fuera del vagón de primera clase–. Nos van a tomar por miembros de la familia real. Oh, Mr. Kingcroft, tráiganos unos calientapiés.

”El amable joven se fue corriendo y Phillip, ocupando su lugar, la desbordó con una última retahíla de órdenes y consejos: dónde detenerse, cómo aprender italiano, cuándo utilizar mosquiteras, qué cuadros mirar

”–Recuerda –concluyó Phillip– que la única manera de llegar a conocer el país es descarrillando. Teneis que ver los pueblos pequeños: Gubbio, Pienza, Cortona, San Gimignano, Monteriano. Y, permite que te lo ruegue, no vayas con esa horrible idea del turista de que Italia es sólo un museo de arte y antigüedades; ama y comprende a los italianos, porque la gente es más maravillosa que la tierra.

”–¡Cuánto me gustaría que vinieras, Phillip! –dijo Lilia, halagada por la insólita atención que su cuñado le prestaba.

”–También me gustaría a mí.

”Hubiera podido arreglárselas para ir sin demasiadas dificultades, ya que su trabajo de abogado no era tan intenso como para impedirle unas vacaciones de vez en cuando. Pero la familia no aprobaba sus asiduas visitas al continente, y él mismo disfrutaba a menudo con la idea de que estaba demasiado ocupado para salir de la ciudad.

”–Adiós, queridos todos. ¡Qué mareo! –Reparó en su hija Irma, y le pareció que la ocasión requería una nota de solemnidad maternal–. Adiós, querida. Pórtate bien, y haz lo que te diga la abuelita.

”No se refería a su madre, sino a su madre política, Mrs. Herriton, la cual odiaba el título de “abuelita”.

”Irma alzó, para que se lo besara, un rostro grave y dijo con cautela:

”–Haré todo lo posible.

”–Seguro que será buena –dijo Mrs. Herriton, que se mantenía pensativa, algo apartada del alboroto. Pero Lilia ya estaba llamando a Miss Abbott, una joven bastante bonita, alta y seria, que llevaba su despedida de un modo más decoroso en el andén.

”–¡Caroline, mi Caroline! Sube de un salto o tu cabina se irá sin ti.

”Y Philip, que siempre se embriagaba con la idea de Italia, volvió a hablarle de los supremos momentos de su prometedor viaje: la Campanile de Airolo, que se le echaría encima cuando emergiera del túnel de San Gotardo, presagiando el futuro; la vista del Ticino y del lago Maggiore cuando el tren se encaramara a las faldas del monte Ceneri; la vista del Lugano, la vista del Como…”

 

Novedades en la mesa

La nueva novela de Rosa Montero La buena suerte, editada por Alfaguara, combina misterio y romance.