La estadounidense hija de inmigrantes chinos, Ami Tan (19 de febrero de 1952) ha dicho que cuando publicó su novela superventas El Club de la Buena Estrella estaba preparada para que durara sólo un par de semanas en las mesas de novedades y luego fuera olvidada. También ha dicho que el comentario más elogioso de su libro lo escuchó de su madre: “muy fácil de leer”. Transcribo las primeras líneas de esa novela publicada en 1989, de la que se han vendido millones de ejemplares en 17 idiomas.

“Plumas desde mi li de distancia. La anciana recordaba un cisne que comprara hacía muchos años en Shanghái por una suma ridícula. Aquella ave, se jactó en su momento el vendedor del mercado, fue en otro tiempo un pato que estiró el cuello con la esperanza de convertirse en ganso, ¡y míralo ahora! Es demasiado hermoso para comerlo.

“Luego la mujer y el cisne navegaron a través de un océano que tenía muchos li de extensión, estirando sus cuellos hacia Estados Unidos. Durante la travesía, ella arrullaba al cisne diciéndole: “En América tendré una hija igual que yo pero allí nadie dirá que su valía se mide por la sonoridad del eructo de su marido, allí nadie la mirará con desprecio, porque la obligaré a hablar sólo en un perfecto inglés norteamericano. ¡Y allí estará demasiado saciada para tragar ninguna pena! Sabrá lo que quiero decir porque le regalaré este cisne… un animalito que llegó a ser más de lo que se esperaba de él”.

“Pero cuando llegó al nuevo país, los funcionarios le arrebataron el cisne, y ella se quedó agitando los brazos y con una sola pluma del ave como recuerdo. Luego tuvo que llenar tantos formularios que olvidó por qué había ido allí y lo que dejó atrás.

“La mujer había envejecido y tenía una hija que creció hablando sólo inglés y tragando más coca-cola que penas. Desde hacía mucho tiempo la mujer quería darle a su hija la única pluma de cisne y decirle; “Ahora tal vez parezca que esta pluma no vale nada, pero viene de lejos y trae consigo todas mis buenas intenciones”.

“Y aguardó, un año tras otro, hasta el día en que pudiera decirle eso a su hija en un perfecto inglés norteamericano.

“Jing-Mei Woo. El club de la buena estrella. Mi padre me ha pedido que ocupe la cuarta esquina en el Club de la Buena Estrella, sustituyendo a mi madre, cuyo puesto ante la mesa de mah jong está vacío desde que falleció, hace un par de meses. Mi padre cree que la mataron sus propios pensamientos.

“–Tenía una nueva idea en su cabeza –dijo mi padre–, pero antes de que pudiera expresarlo, el pensamiento se hizo demasiado grande y reventó. Debe haber sido una idea muy mala.

“Según el médico, la causa de su muerte fue un aneurisma cerebral, y sus amigas del club dijeron que había muerto como un conejo: rápidamente y dejando atrás asuntos sin concluir. Mi madre tendría que haber sido la anfitriona de la siguiente reunión del Club de la Buena Estrella.

“Una semana antes de morir llamó, llena de orgullo y de vida:

“–Tía Lin ha hecho sopa de habichuelas rojas para el club. Yo voy a preparar sopa negra de semillas de sésamo.

“–No te pavonees –le dije.

“–Claro que no.

“Me explicó que las dos sopas eran casi lo mismo, chabudwo, o quizá dijo butong, lo cual significaría que no eran lo mismo en absoluto. Se trataba de una de esas expresiones chinas con las que se indica la mejor parte de unas intenciones confusas. Nunca puedo recordar cosas que no he comprendido de entrada”.

 

Novedades en la mesa

Un asesino serial, vengador, es el siniestro protagonista de Los niños del verano (Planeta) de Dot Hutchison.