Maestro de la brevedad, Raúl Renán (Mérida, Yucatán, 2 de marzo de 1928 – CDMX, 2017) recreó en sus poemas en prosa las historias cotidianas de los héroes homéricos. De su libro Los silencios de Homero (Aldus), prologado por Rubén Bonifaz Nuño, transcribo algunos fragmentos.

La carpa. Aquí, en estas ruinas se levantaba el mirador de Troya. ¡Pasen a ver la piedra de la muralla! Habla, sueña, canta. Vio a los guerreros teurcos con Héctor, coronado de luz. También a la luminosa Helena, a quien cimbró el gemido de Aquiles mil veces. Oigan las quejas dolientes de los moribundos, resistan la muerte de los caudillos y el poder de los inmortales

Los herederos de la antigua vida llenaban la carpa. Tentados por la esperanza de recobrar sus imágenes, tocaban con la punta de los dedos la porosidad evidente de la piedra.

Un héroe con penacho de águila. Durante días en una tablilla, el joven guerrero escribió cuidadoso a su amada por cuyo honor se iría a conquistar la fama de los héroes. Se ajustó el casco con penacho de águila y empuñó la espada corta con la cual degollaría al capitán de sus enemigos. En la pared se recortaba la sombra de su imagen opulenta. Hizo un largo viaje hacia Troya. Afuera del muro, en la imponderable puerta, golpeó hasta que a través de una cuarteadura vio un enorme caballo de madera paciendo sobre las crines de los guerreros. Levantó la espada contra Júpiter, quien envió un perro para que le lamiera las grebas. Al inclinarse para acariciarlo perdió el casco, dejó al descubierto su inerme cabeza. Una piedra caída de lo alto de la muralla la aplastó como un fruto tierno.

Artemisa adivina. Un mortal dijo que guardaba en un joyero dos de las lágrimas que Artemisa lloró cuando la venerada Hera tras llamarla perra, azotó sus orejas con las flechas del carcaj. Tuvo una tienda en callejuela de descarga citadina; ahí leía los ojos de los hombres vestidos de mujer; durante sus trabajos mantenía en uno y otro de sus párpados pintados sendas perlas que no se esfumaban.

Cantos de musas. Los cantos que entonaban las Musas con timbres de todas las gargantas, iban alados hacia los héroes que blandían las espadas en defensa de su tierra. La cítara de Apolo no auxiliaba en modo alguno a las voces, porque su música la inventaba para las mujeres que desde sus aposentos tejían los dedos con muslos apretados. En el campo de batalla los combatientes sentían concentradas sus fuerzas en el ángulo de las piernas, e inspirados arremetían contra el enemigo.

El casco de Aquiles. El tremolante casco de Aquiles, que remataba en áureas y espesas crines de caballo de sangre, ondeaba en la llanura, le daba cuerpo al viento y faro a los guerreros, cuando gritaban con horribles voces para infundir fiereza.

Desafueros del corazón. Estaba destruido, tenía abierto el corazón y seguía amando a la causante de tales destrozos. Tisifone, la deidad despiadada, se limpiaba los colmillos y las uñas. La víctima no ocupaba en su mente un lugar definido.

 

Novedades en la mesa

En su nuevo libro, Un bosque flotante (Alfaguara), Jorge F. Hernández recupera la infancia vivida en un bosque de Washington.