La mayoría de las novelas del multipremiado guionista y narrador William Boyd (Ghana, 7 de marzo de 1952) ocurren en los escenarios africanos de su infancia y están narradas desde el punto de vista de una mujer. Así ocurre con la historia de una científica que estudia el comportamiento de los chimpancés en Playa de Brazzaville, traducida por Maribel de Juan para Alfaguara (1991), de la que transcribo las primeras líneas.
“Vivo en la playa de Brazzaville. La playa de Brazzaville está en el borde de África. Aquí es donde las aguas me han traído, se podría decir, donde me he depositado como un pedazo de madera de deriva, clavado y fijo en la cálida arena por algún tiempo, justo por encima de la señal de la pleamar.
”La playa nunca había tenido nombre hasta el pasado abril. Entonces la bautizaron en honor de la famosa Conferencia dos Quadros que se celebró hace unos años en Congo Brazzaville, en 1964. Nadie se explica por qué, pero, un buen día, sobre la carretera de laterita que conduce a la playa, unos obreros pusieron el siguiente letrero: “Playa de Brazzaville” y debajo, Conferencia dos Quadros, Brazzaville, 1964.
”Algunas personas dicen que es una indicación de que el gobierno se está volviendo más moderado, que trata de curar las heridas de nuestra propia guerra civil reconociendo un momento histórico de la lucha de liberación de otro país. ¿Quién puede afirmarlo? ¿Quién sabe nunca la respuesta a estas preguntas? Pero me gusta el nombre y lo mismo les pasa a todos los que viven por aquí. Al cabo de una semana todos lo usábamos espontáneamente. ¿Dónde vives? En la playa de Brazzaville. Salía de forma enteramente natural.
”Vivo en la playa, en una casa restaurada. Tengo un cuarto de estar grande y fresco con una pared frontal de puertas corredizas de rejilla que dan directamente a una ancha solana. También hay un dormitorio, un espacioso cuarto de baño con bañera y ducha y una diminuta y sombría cocina, añadida en la parte trasera. Detrás de la casa está mi jardín: un césped desigual y arenoso, unos prosaicos arbustos, un pequeño huerto y un seto de hibisco cubierto de espléndidas flores.
”La playa ha conocido días mejores, cierto, pero me parece que sus años de decadencia han terminado ya. Ahora tengo vecinos: un alemán, director de las minas de bauxita –mi jefe, supongo–, y al otro lado un sirio fornido y raro que lleva un negocio de importación y exportación y un par de restaurantes chinos en la ciudad.
”Sólo vienen los fines de semana, así que los demás días tengo el lugar más o menos para mí sola. Aunque en realidad nunca estoy sola. Siempre hay alguien en la playa: pescadores, jugadores de balón volea, vendedores ambulantes, barrenderos. También vienen familias europeas, francesas, portuguesas, alemanas, italianas. Nunca los hombres, sólo las esposas, muchas de ellas embarazadas, y sus ruidosos niños. Los niños juegan, las esposas se sientan, charlan, fuman, toman el sol y regañan a los críos. Si la playa está tranquila a veces se quitan a hurtadillas el sujetador del bikini y exponen sus blancos y pálidos senos al sol africano.
”Detrás de mi casa, más allá del bosquecillo de palmeras, está el pueblo, casi un barrio de chabolas formado por chozas de barro y alpendes, que ocupa la franja de monte bajo que hay entre la playa bordeada de árboles y la carretera principal que va al aeropuerto. Yo vivo sola –lo cual me agrada– pero hay suficiente vida a mi alrededor como para evitar que tenga un sentimiento de soledad.”
Novedades en la mesa
En edición de Alfaguara se repone en las mesas de novedades Paseo de la Reforma, un libro en el que Elena Poniatowska recrea la historia de Elena Garro.
