Por eso el político tiene que vencer cada día y cada hora a un enemigo muy trivial y demasiado humano, la muy común vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo…
Max Weber, El político y el científico
El presidente Andrés Manuel López Obrador no tiene sentido de la mesura. Cada mañana sermonea a los fieles desde el púlpito que construyó en Palacio Nacional. No son discursos para demostrar un hecho o defender una opinión con pruebas y razonamientos. Parecen homilías con las que intenta catequizar a no creyentes y reforzar la convicción de los incondicionales de la cuarta transformación. También para estigmatizar a adversarios, reales o supuestos.
El presidente López Obrador declaró en alguna ocasión que quiere pasar a la historia como el mejor presidente de México, pero no a cualquier historia sino a la que él percibe como verdadera, una versión blanda de la raza de bronce, llena de caudillos que vencen obstáculos formidables para forjar la patria. En esa narrativa hubo tres transformaciones de México: Independencia, Reforma y Revolución. Él capitanea —y escribe— la cuarta gesta.
En esa perspectiva, acaso se mire flanqueado por los héroes que adornan su alegoría: Hidalgo, Juárez, Madero y Cárdenas. Para ello, pienso que piensa, debe quedar grabado en la mente de los niños su verdad histórica, no la de los “teóricos oligarcas, que impusieron las políticas neoliberales”, declaró en Puebla el 10 de febrero.
Texto. Entreveo que ya no le basta acaparar la plaza pública cada mañana e inundar las redes sociales con videos, desea institucionalizar su visión del pasado para que su estampa quede grabada en el futuro. Por ello hay que cambiar los libros de texto gratuito de primaria y “convertirlos en una pieza clave para la solidaridad y la integración del país desde una visión humanista”.
La SEP emitió la convocatoria abierta para rediseñar 18 libros de texto gratuito a comienzos de mazo con un plazo perentorio. Incluso, rediseñar textos (cuadernos de aprendizaje de la historia) que no existen, como lo documentó Carolina Crowley (Educación Futura, 13/04/21).
Cuando la SEP emitió la convocatoria y dictó plazo breve para elaborar algo que toma mucho tiempo, pensamiento, diseño, trabajo intenso y organización para producir tenores que tengan articulación y claridad, pensé que era para legitimar los escritos que usa la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en su territorios.
Me equivoqué. Es para realzar la figura del presidente. Si bien esa revisión incluye materias de español, ciencias naturales y geografía, las que más cuentan en la visión presidencial son las de historia. Además, anunció que vienen cambios y se incluirá al civismo que, según él, aquella oligarquía desterró de los libros de texto. Este aserto no es producto de mi imaginación. Recurriré a citas textuales del presidente López Obrador.
Pretexto. El 10 de abril en Puebla en la evocación del asesinato de Emiliano Zapata: “Decían: ‘¿Para qué vas a estar ya recordando a los héroes, a Hidalgo, a Morelos, a Juárez, a Villa, a Zapata, al general Cárdenas? No, no, no, ya no’. Cambiaron hasta los contenidos de los libros de texto, quitaron el civismo, quitaron la ética, entonces, con el triunfo de nuestro movimiento va pa’ tras ahora”.
Desconoce de lo que habla o de plano mintió. Si bien con diferentes nombres, la enseñanza del civismo siempre ha estado presente en los libros de texto. Incluso, en sus memorias, Jaime Torres Bodet se quejó de que su iniciativa de forjar valores ciudadanos con esa materia había devenido en nociones de derecho positivo.
Luego puso énfasis: “Cómo no vamos a saber de dónde venimos, ¿por qué estoy aquí? Ni modo que un presidente neoliberal conservador va a venir, hay una etapa nueva”. La mía, tal vez quiso decir.
Quizá se le escapó o acaso no. “¿Por qué estoy aquí?” Primera persona, singular, vanidad sin mesura, como apuntó Weber. O la técnica de vanagloriarse, según Walter Beller Taboada (Etcétera, 28/04/21). La imagen del caudillo carismático que conduce a la nación —a lo mejor nada más al pueblo bueno— a un destino de felicidad.
En la mañanera del 12 de abril, el presidente machacó su credo: “Hay dos políticas claras, dos proyectos de nación, distintos y contrapuestos, eso es clarísimo: hay quienes no quieren al pueblo y nosotros le tenemos amor al pueblo… Entonces, no somos clasistas, no somos racistas, no discriminamos, somos humanistas, no nos interesa el dinero, no nos mueve la ambición al dinero”.
En respuesta a pregunta concreta: “Entonces, ahora que hablamos de que vamos a mejorar los contenidos educativos, lo mismo, ya los estoy viendo [la protesta de los conservadores]. Necesitamos volver al civismo, volver a la ética, volver a la filosofía, volver a la historia…¿qué caracterizó, entre otras cosas, al periodo neoliberal? Pues el individualismo, el aspiracionismo (¿?), el triunfar sin escrúpulos morales; el que no transa, no avanza. Entonces, tiene que haber fraternidad, se tiene que insistir en que solo podemos ser felices si somos buenos, sólo siendo buenos podemos ser felices, y el amor al prójimo y preceptos que son universales”.
Además de vanidad, los mensajes del presidente están cargados de mística religiosa, de una ética conservadora que clama por el retorno de los valores perdidos, de los “respetos”, como escribió Alfonso Reyes en La cartilla moral.
Contexto: la convocatoria no fue una lindeza de Marx Arriaga; es un proyecto pensado y en marcha desde 2019. De nuevo el presidente en la misma mañanera: “Se formó una comisión desde hace como año y medio… Y desde que entramos al gobierno estamos planteando esto, no es nuevo, nada más que ya llegó el tiempo”.
O sea, no fue para legitimar los textos de sus aliados de la CNTE. Es para dejar en letra de bronce el advenimiento de la cuarta transformación y su profeta. Esa es, pienso, su convicción.
