Cada novela de Chang-rae Lee (29 de julio de 1965), coreano emigrado a Estados Unidos, recibe los elogios de los lectores y los premios de la crítica. En Desde las alturas (Anagrama 2004, trad. Jesús Zulaika) explora un amplio abanico de emociones a través de la mirada de un piloto enamorado del aire. Transcribo las primeras líneas.
“Desde aquí arriba, a media milla de tierra, todo me parece perfecto.
”Estoy en mi pequeño y magnífico Skyhawk, inclinando el lomo al sol y completando casi el rizo que suelo hacer con buen tiempo. Abajo veo el extremo oriental de Long Island, y ahora mismo estoy volando justo sobre esa parte de la tierra en que las dos horcas nudosas se adentran con brusquedad en el Atlántico. La ciudad que tengo delante, que no es nada del otro mundo cuando la pisas, tiene desde aquí un aspecto magnífico: el sol de finales de verano proyecta sobre el macadán de las calles un brillo suave, como de ébano, que me devuelve su reflejo naranja y me permite acomodar rumbo y velocidad a las ventanillas y parachoques de los coches aparcados y las piscinas de las sencillas, cuadrangulares casas dispuestas en armónicas hileras. Hay algo de misteriosa cifra rúnica en las casas más grandes y nuevas que serpean en sus calles sin salida, y también en los tejados planos de los edificios del centro comercial, con sus metálicos sistemas de ventilación y calefacción y aire acondicionado.
”Desde aquí arriba, todos los árboles parecen moldeados y dispuestos de forma ideal, como si se hubiera afanado en ellos un dios florista y puntilloso, incluidos los que (sin duda no plantados por nadie) se apiñan a lo largo de la valla del gran solar de chatarra con sus larguiruchos y zanquilargos brotes enhiestos que no sólo aderezan gratamente los montones multicolores de viejos tapacubos y lavadoras, sino que para un tipo normal y corriente como yo, a punto de cumplir los sesenta (resulta duro incluso decirlo), son como signos vitales de un anhelo rotundamente priápico. Hacia el sur, sobre el diamante del campo de beisbol –patrón supremo de nuestras gentes–, la Liga de los Pequeños local se acerca a las últimas entradas, y los jugadores vestidos de azul celeste se sitúan en sus puestos, junto al plato, y en las gradas sus padres están callados y quietos como en una iglesia, y el único movimiento perceptible es el de un perro de piel dorada que corre brincando detrás de un frisbee en un extremo del campo.
”Adelante, chico, adelante.
”Y cuando enfilo mi avioneta –se llama Donnie– para que discurra paralela a los anchos carriles de la Route 495, la enorme y horrible autopista de Long Island, y veo los ya densos embotellamientos de tráfico de los excursionistas dominicales a los Hamptons que regresan metro a metro a la ciudad –las columnas cansinas, desde mi asiento, parecen integrar una larga y ordenada marcha–, tengo la vertiginosa sensación de ir a la velocidad de la luz, de avanzar demasiado rápido en relación con los de abajo, una desigualdad que sin duda debería estimularme pero que –quién sabe por qué– lo único que hace es inquietarme, y viro un par de grados hacia el noroeste en dirección a los últimos retazos de tierra de labranza y bosque con maleza […]”
Novedades en la mesa
En La institutriz real (ed. Umbriel, trad. Jaime Valero) de la superventas británica Wendy Holden cuenta la historia de la infancia de la reina Isabel II desde el punto de vista de su institutriz.
