En el mes del aniversario de James Joyce (Dublín, 2 de febrero de 1882-Zurich, 13 de enero de 1941), transacribo las primeras líneas de su Ulises (1922), que la crítica considera como el inicio de la era moderna de la literatura, al igual que el libro de Homero marcó la literatura de la Antigüedad. Tomo la versión de José María Valverde para editorial Lumen (1976).
“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:
“—Introibo ad altare Dei.
“Deteniéndose, escudriñó hacia lo hondo de la oscura escalera de caracol y gritó con aspereza:
“—Sube acá, Kinch. Sube, cobarde jesuita.
“Avanzó con solemnidad y subió a la redonda plataforma de tiro. Gravemente, se fue dando vuelta y bendiciendo tres veces la torre, los campos de alrededor y las montañas que se despertaban. Luego, al ver a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, gorgoteando con la garganta y sacudiendo la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y soñoliento, apoyó los brazos en el remate de la escalera y miró fríamente aquella cara sacudida y gorgoteante que le bendecía, caballuna en su longitud, y aquel claro pelo intonso, veteado y coloreado como roble pálido.
“Buck Mulligan atisbó un momento por debajo del espejo y luego tapó el cuenco con viveza.
“—¡Vuelta al cuartel! —dijo severamente.
“Y añadió, en tono de predicador:
“—Porque esto, oh amados carísimos, es lo genuinamente cristino: cuerpo y alma y sangre y llagas. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Hay algo que no marcha en estos glóbulos blancos. Silencio, todos.
“Echó una ojeada a lo alto, de medio lado, y lanzó un largo y grave silbido de llamada: luego se detuvo un rato en atención arrebatada, con sus dientes blancos e iguales brillando acá y allá en puntos de oro. Chrysóstomos. Dos fuertes silbidos estridentes respondieron a través de la calma.
“—Gracias, viejo —gritó con animación—. Así va estupendamente. Corta la corriente, ¿quieres?
“Bajó de un salto de la plataforma de tiro y miró gravemente al que le observaba, recogiéndose por las piernas los pliegues flotantes de la bata. Su gruesa cara sombreada y su hosca mandíbula ovalada hacían pensar en un prelado, protector de las artes en la Edad Media. Una grata sonrisa irrumpió silenciosamente en sus labios.
“—¡Qué broma! —dijo alegremente—. Ese absurdo nombre tuyo, un griego antiguo.
“Le apuntó con el dedo, en befa amistosa, y se fue hacia el parapeto, riendo para adentro. Stephen Dedalus, con su mismo paso, le acompañó cansadamente hasta medio camino y se sentó en el borde de la plataforma de tiro, sin dejar de observar cómo apoyaba el espejo en el parapeto, mojaba la brocha en el cuenco y se enjabonaba mejillas y cuello.
“La alegre voz de Buck Mulligan continuó:
“—Mi nombre también es absurdo: Málachi Múlligan, dos dáctilos. Pero tiene un son helénico, ¿no? Saltarín y solar como el mismísimo macho cabrío. Debemos ir a Atenas. ¿Vienes si consigo que la tía suelte veinte pavos?”
Novedades en la mesa
En Hablemos de ópera (editorial Turner) Gerardo Kleinburg ofrece una serie de conversaciones con cantantes de ópera, directores de orquesta y músicos.
