A partir de una fórmula en un trozo de papel se pueden vivir grandes aventuras, así lo cuenta el británico de origen hindú Simon Singh (19 de septiembre de 1964) en su novela El enigma de Fermat, acerca de los 350 años que llevó la demostración del enigmatico teorema. De la edición de Ariel (2015, traducción de David Galadí y Jordi Gutiérrez) transcribo las primeras líneas.

“Cambridge, 23 de junio de 1993. Fue la conferencia sobre matemáticas más importante del siglo. Doscientos especialistas en la materia quedaron pasmados. De ellos, sólo una cuarta parte comprendió la totalidad de aquella densa mezcla de símbolos griegos y álgebra que cubría el encerado. El resto estaba allí simplemente para asistir a lo que esperaban fuera un verdadero acontecimiento histórico.

”Los rumores comenzaron el día anterior. Un mensaje electrónico a través de internet insinuaba que el acto culminaría en la resolución del último teorema de Fermat, el problema matemático más célebre del mundo. No pocas veces habían circulado habladurías semejantes. El último teorema de Fermat era un tema frecuente durante el té y los matemáticos especulaban sobre quién podría estar haciendo algo y en qué consistiría. De tanto en tanto, las conversaciones matemáticas en la sala de profesores convertían la especulación en rumores sobre un gran logro, pero éste nunca llegaba a materializarse.

”Esta vez, los comentarios eran distintos. Un estudiante investigador de Cambridge estaba tan convencido de que era cierto que se apresuró a buscar a los corredores de apuestas para jugarse diez libras esterlinas a que el último teorema de Fermat estaría demostrado en menos de una semana. Pero el corredor se olió algo y rechazó la apuesta. Era el quinto estudiante que lo abordaba en un solo día con la misma oferta. El último teorema de Fermat había desconcertado a los mayores genios del planeta durante más de trescientos años y, sin embargo, de pronto hasta los corredores de apuestas sospechaban que estaba a punto de ser resuelto.

”Cuando las tres pizarras estuvieron atiborradas de cálculos se interrumpió la disertación. Borraron la primera y el álgebra se reanudó. Cada línea constituía un minúsculo paso más hacia la demostración, pero treinta minutos después el orador aún no la había revelado. Los profesores, concentrados en las primeras filas, esperaban ansiosos el desenlace. Los estudiantes, al fondo, aguardaban a que sus maestros dieran muestras de cuál iba a ser la conclusión. ¿Estaban asistiendo a la demostración completa del último teorema de Fermat o el disertante estaba perfilando sólo un razonamiento parcial y decepcionante?

”El orador era Andrew Wiles, un reservado inglés que en los años ochenta había emigrado a Estados Unidos y aceptado una cátedra en la Universidad de Princeton. Allí adquirió fama de ser uno de los mejores talentos matemáticos de su generación. En los últimos años, sin embargo, casi había desaparecido de la serie anual de conferencias y seminarios y sus colegas empezaron a pensar que Wiles estaba acabado. No es inusual que los jóvenes brillantes se quemen, según apunta el eminente matemático Alfred Adler: “La vida matemática de un matemático es corta. Raramente se progresa más allá de los veinticinco años. Si poco se ha logrado hasta entonces, poco se logrará jamás”.

 

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