Sigo con la transcripción de un fragmento de Viaje al corazón de la Península de Hernán Lara Zavala, editado por la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Campeche en 2021 (dato que se publicó equivocadamente en la anterior entrega).
Bolonchén, cenote.- En el libro del viajero norteamericano John Stephens Incidentes de viaje por Yucatán (FCE, 2003) hay una interesante descripción de una gigantesca caverna, en cuyo interior se alojan siete cenotes. La gruta está ubicada en el estado de Campeche, cerca de la población de Bolonchén, y se le conoce en lengua maya como Xtacumbilxunaan, que significa “señora escondida”, la cual está bellamente ilustrada por el grabador Frederic Catherwood en el famoso libro del autor de marras. La caverna es tan majestuosa, misteriosa e insondable que, según Stephens, la sola visita a ese lugar bien vale un viaje desde Estados Unidos. Por eso ahora que estuve en la Feria del Libro de la Universidad de Campeche para dar una conferencia sobre el prócer Justo Sierra O’Reilly, aproveché la cercanía y dediqué una mañana entera a recorrer la célebre gruta que se encuentra a poco más de una hora de la capital del estado. A la actual entrada se llega por un sendero circular que da la sensación de conducir a la mismísima puerta de los infiernos pues, de pronto, sobre la dura corteza de piedra sólida de la península se abre un enorme boquete hacia el centro de la tierra. Nuestra guía, la señora Concha Noh Ávila, nos explica que hasta hace un par de años se podía descender a pie hasta cerca de la segunda escala con una iluminación que permitía el acceso y el señalamiento de algunos hitos de las formaciones rocosas, pero el huracán Isidoro destruyó parte de la escalinata, acabó con toda la instalación eléctrica, removió piedras, obstruyó pasajes y el nivel del agua llegó hasta la misma entrada e hizo inaccesible cualquier posibilidad de descenso. Ahora se puede bajar por una escalera hasta el gran anfiteatro o frontón de piedra viva desde donde se alcanza a ver un desfiladero en cuyo fondo se encuentra la segunda escala en la que se ubica el estrecho pasadizo o puerta que conduce a los siete cenotes.
Esta gruta o cenote era muy frecuentado por la población indígena para surtirse de agua durante las épocas de sequía, pero su acceso nunca ha sido sencillo. En la litografía de Catherwood se observa a los indígenas transitando por una empinada escalera de bejuco, construida sin un solo clavo, descendiendo y ascendiendo con sus cántaros atados a la cabeza y llevando y sacando agua. Hoy día, a estos cenotes sólo tienen acceso espeleólogos, rapelistas y buzos que bajan con cuerdas para internarse en las profundidades de la gruta y recorrer las siete lagunas o aguadas que se albergan en sus entrañas. Entre esos cenotes, que tienen los poéticos nombres de “agua nocturna”, “agua roja”, “agua caliente”, existe uno que se denomina Xpucul-Há (“agua que huye”) y que, según doña Concha y la tradición indígena, es una laguna en la que cuando se llega a ella no debe pronunciarse ni una palabra o sonido humano so riesgo de que el agua huya. Doña Concha dice que ella y su marido, hoy finado, descendieron en una ocasión con un grupo de estudiantes aficionados a la espeleología y les hicieron la advertencia de no pronunciar una sola palabra, no obstante, al llegar al cenote alguien hizo una exclamación de asombro y de inmediato la laguna se vació y nada más quedaron vestigios de lodo. Lo curioso es que, si se mantiene el silencio, la aguada vuelve a llenarse en el curso de unas pocas horas […]
