Escritor, cineasta, pintor y diplomático, Demetrio Aguilera Malta (Ecuador, 24 de mayo de 1909-México, 28 de diciembre de 1981) fue testigo de la guerra civil española mientras estudiaba en Madrid becado por su gobierno, y corresponsal del periódico Telégrafo. Llegó a México en 1958 y se quedó hasta su muerte. Aquí escribió gran parte de su obra narrativa. Transcribo las primeras líneas de su novela El secuestro del general (Joaquín Mortiz 1973).

“El capitán Fúlgido Estrella –en torbellino de sismos sobre aquel volcán cumbre nevada– contempló a Babelandia. Había cruzado sus armas, desde hacía varias centurias, con las Fuerzas del Mal. O con las que, según él, representábanlas. Siempre en los linderos de ‘su’ mundo. Primero, en la época prehispánica, contra los usurpadores o imperialistas aborígenes. Después, en la Conquista, enfrentando, con armas primitivas, a los hombres de férrea vestidura, que habían aprisionado rayo y trueno, para arrancar vida y obra a los vencidos. Más tarde, en los gloriosos tiempos de la Independencia. ¿Independencia? ¿No, de lejos, los dominaban los Dueños de Nuestra Época y, de cerca, los pisoteaban los Verbofilia y los Pitecantropo? ¿Esto quería decir que estaba condenado a guerrear hasta la muerte? ¿Moriría, para su descanso alguna vez? ¿O seguiría muriendo y resucitando, combate tras combate? ¿O le vendría la muerte definitiva con la última victoria? Él no amaba las armas. Pensaba, simplemente, que era lo único que podría terminar con la violencia. ¡Ingenuo! La violencia sólo engendra violencia. Al final, todo será Ley del Talión multiplicada. En vez de ojo por ojo y diente por diente, ejércitos por ejércitos y naciones por naciones. En todo caso pirámides gigantescas de cadáveres. Aunque se opusiera y anhelase que el mundo fuese diferente, simpre sería igual. El camino de todos era un largo itinerario de campos de batalla. Ensamblara como ensamblara sus ideas, el final continuaba siendo idéntico. Había que detener a los babelandeses poderosos. Pacíficamente, si era dable. Por la fuerza, si no había otro remedio. Igual que si razonara consigo mismo, dijo en alta voz:

”–Lo malo es que nuestros recursos son muy limitados.

”Eneas Roturante –quien, como siempre, estaba al lado suyo– lo miró con cierto aire de cómplice.

”–Hoy menos que ayer.

”Pareció abstraerse. Prosiguió:

”–Y seguramente mañana menos que hoy.

”–En babelandia todo es poco.

”–¿Lo crees?

”–Sí. Además de lo difícil de entenderse, aquí los pesos “pesan” demasiado. Apenas asoman, los mandamás de esta tierra se transforman. Olvidan sus ancestrales ideas y sentimientos. Cometen genocidios, sin horror, sin náusea y sin tristeza. Los enemigos de ayer son los amigos de hoy, y viceversa, si con eso pueden obtener los favores de Moloc. Contra ellos, no bastará ningún esfuerzo. Cualquier ejército que reclutemos –si podemos hacerlo– resultará insuficiente. Necesitamos movilizar a los vivos que están de nuestro lado. A los que no, habrá que atraerlos con astucia. Y si los vivos no bastasen, lucharemos para catequizar a los difuntos. Entre ellos tenemos muchos conocidos, semejantes a nosotros. Aman, también, la equidad y la justicia. Y están dispuestos a continuar la lucha por el Hombre.”

 

Novedades en la mesa

La historia cocmpleta de la casa Targaryen Fuego y sangre (Plaza y Janés, 2018), 300 años antes de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin.