De manera suave e implacable, al estilo de Sándor Márai (11 de abril de 1900-21 de febrero de 1989), Otto, el personaje de El matarife (Salamandra, traducción de húngaro de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo) nos conduce al horror. El realto es la ópera prima del autor esloveno. Transcribo las primeras líneas.
Otto nació tras casi veinte años de convivencia, cuando ya se había perdido toda esperanza; fue como un milagro caído del cielo y aquella familia protestante, fervorosamente devota, rebosaba felicidad. El padre, Johannes Schwarz, era guarnicionero en una pequeña ciudad del margraviato de Branderburgo, en la comarca de Teltown, no lejos de Berlín. Con ocasión del naciemiento, su abuelo, proveedor de heno para el ejército prusiano en el 70-71 y más tarde convertido en un sensato terrateniente, hizo una pía donación a la escuela municipal. Cuando narraba las circunstancias en que había sido concebido el niño, el padre hacía referencia a un circo ambulante que a principios de la última década del siglo anterior había recalado en la pequeña ciudad una mañana de otoño. Esa noche todas las gentes de la somnolienta villa se habían agolpado bajo la carpa. El guarnicionero también estaba allí, sentado en primera fila, orgulloso de su prestigio como artesano, con el bigote atusado hacia arriba y vestido con su oscuro traje de domingo; a su lado, como la mala conciencia, se encogía su esposa, yerma y eternamente sumida en la tristeza. Los artistas cumplieron con sus labores y cuando ya se habían despedido incluso los augustos, el director italiano, rechoncho y ataviado con un frac, anunció en un laborioso alemán el último y mayor espoectáculo de la función: miss Bellini y sus osos polares amaestrados. Aparecieron entonces unos asistentes que, sin mucha maña, instalaron una especie de reja metálica en torno a la pista; luego, ayudándose de varas de hierro, hicieron entrar a cuatro enormes fieras blancas sin cadenas que, cegadas por la vacilante luz que emitían las lámparas de acetileno, empezaron a recorrer nerviosamente el ruedio. Entre el muy impresionado público afloró un rumor admirativo: todos aplaudieron, las madres sentaron a sus vástagos en el regazo e incluso los vecinos más ricos e ilustres se levantaron para comentar con gestos duchos la singularidad de aquellas monstruosas criaturas. El guarnicionero se removía inquieto en su asiento.
“Fíjate, son auténticas bestias salvajes”, dijo rozando el brazo de su esposa.
Miss Bellini, la domadora (una joven de vistoso encanto, melena azabache, con grandes ojos mediterráneos y el rostro empolvado de blanco), saltó a la pista haciendo una pirueta de bailarina clásica; con la punta de los dedos repartió melosos besos entre el público y con una corta vara de hierro trataba de reunir a los osos. Según se advertiría más tarde, esa noche lo consiguió tal vez con menos destreza que en otras ocasiones: la turbación de la concurrencia aumentaba el desasociego de los animales, que (acaso por el clima lluvioso de finales de septiembre, el entorno nuevo y anómalo de los indisciplinados espectadores, que en su mayoría nunca habían visto bichos tan exóticos ni en las ilustraciones de los libros) se mostraron reticentes a los golpes secos e imperiosos de su ama, así que Miss Bellini se vio obligada a blandir repetida y agresivamente la vara para realizar con éxito los números de siempre […]
Novedades en la mesa
Nunca delante de los criados (Periférica) del periodista y escritor inglés Frank Victor Dawes, publicada por primera vez en 1973 y traducida para esta edición por Ángeles de los santos.
