En Los eufemismos (Antílope, 2021) primera novela de Ana Negri (Ciudad de México, 1983), la autora ofrece un relato autobiográfico acerca de las cicatrices del exilio y las relaciones entre madre e hija, no sólo desde el punto de vista afectivo, sino de la etapa terminal de cuidados a una persona mayor. La familia, los amigos y la ciudad son personajes de esta novela. Transcribo las primeras líneas.
Todo cae. Con medio cuerpo hacia afuera y los antebrazos apoyados sobre el barandal, Clara mira desde el balcón. El mismo balcón del séptimo piso de Ávila Camacho 21 en el que hace treinta años su madre la bañaba en una tina de plástico azul los días de calor. En aquel entonces no había sido construido ese horrible edificio de oficinas que pusieron justo frente a su departamento y podía verse, en todas direcciones, la ciudad todavía verde y gris. Ahora, en cambio, lo primero que se ve son las más de cuarenta ventanas entintadas que separan a más de cien oficinistas de las corrientes de aire, del vacío y de Clara, que mira desde su balcón hacia la derecha, donde todavía alcanza a ver el horizonte, ya sólo gris, de la Ciudad de México. Desde ahí escucha el constante sonido de motores que cruzan por las avenidas cercanas. El sol aún cae casi en vertical, calentando las azotes de cemento, reflejándose en los techos de lámina a esta hora del día. Clara mira hacia abajo, sus manos cuelgan por fuera del barandal. Por hacer algo, arranca una hoja del enorme helecho que resiste junto a ella la luz de la tarde; la soba entre el índice y el pulgar de la mano derecha hasta hacerla una bolita y la deja caer sin intención. Su mirada traza una línea imaginaria por donde cayó la hoja. A los costados de esa línea, cuelgan sus manos. Gira apenas la muñeca izquierda para ver mejor el reloj negro y dorado que acaba de regalarle su madre. “Es un buen reloj, es Chanel. Es viejo, pero como mamá siempre ha tenido buen gusto y prefiere formas sencillas, siempre será elegante”, le dijo su madre al dárselo. Odia cuando su madre habla de sí misma en tercera persona, como insertándose en su cabeza para sembrar desde ahí adentro la respuesta pavloviana al estímulo. No lee la hora: son casi cuarto para las siete, “siete menos cuarto”, diría Clara.
El sol ya ha comenzado a insistir, una vez más, en explicar cuál es el poniente y por qué se llama así poniéndose por Santa Fe, donde se ve, desde el balcón en el que Clara se apoya, el “edificio del panteón”. Antes se veían las torres de Mixcoac, donde vivía su tío Luis. Ahora no se ven porque las tapa el segundo piso del Periférico y, de cualquier mpodo, las torres ya no le importan. Dejaron de interesarle cuando las visitó por última vez, a los siete años.
“El rengo se mató por boludo, acá lo tenía todo, pero no se bancó su historia”, contestó su papá llorando cuando le preguntó, por enésima vez, dónde estaba su tío y por qué se llevaban sus cosas. Entonces todavía no entendía que Luis no era su tío exactamente; tenía mamá y papá, lo abuelos eran una voz al teléfono con acento familiar y una tarjeta cursi que llegaba puntualmente el día de su cumpleaños: no se hablaba más de ellos. Las hermanas de su madre eran una larga lista de nombres a memorizar; en cambio, tenía una cantidad inciomprensible de tíos que en nada se parecían a ella o a sus padres, muchos de los cuales ni hablaban como ellos ni habían pisado nunca Argentina […]
Novedades en la mesa
Tusquets ofrece El hombre de la dinamita, primera novela del sueco Henning Mankell.
