Es una verdad mundialmente conocida que casi ningún lector logra pasar de las primeras páginas de Los versos satánicos (ni aún quien dictó la sentencia de muerte) de Salman Rushdie (Bombay, 19 de junio de 1947). Y también por todos sabido es que Hijos de la medianoche (1981), novela anterior a los “versos”, es de lo mejor de la obra de SR. Transcribo las primeras líneas de la edición de Mondadori (2009).

“Nací en la ciudad de Bombay… hace mucho tiempo. No, no vale, no se puede esquivar la fecha: nací en la clínica particular del doctor Narlikar el 15 de agosto de 1947. ¿Y la hora? La hora es también importante. Bueno, pues de noche. No, hay que ser más… Al dar la medianoche, para ser exactos. Las manecillas del reloj juntaron sus palmas en respetuoso saludo cuando yo llegué. Vamos, explícate, explícate: en el momento mismo en que la India alcanzaba su independencia, yo entré dando tumbos en el mundo. Hubo boqueadas de asombro. Y, al otro lado de la ventana, cohetes y multitudes. Unos segundos más tarde, mi padre se rompió el dedo gordo del pie, pero su accidente fue una simple bagatela comparado con lo que había caído sobre mí en ese momento tenebroso, porque, gracias a la oculta tiranía de aquellos relojes que saludaban con suavidad, había quedado misteriosamente maniatado a la Historia, y mi destino indisolublemente encadenado al de mi país. Durante los tres decenios siguientes no habría escapatoria. Los adivinos me habían profetizado, los periódicos había celebrado mi llegada y los policastros ratificado mi autenticidad. A mí no me dejaron decir absolutamente nada. Yo, Saleem Sinai, diversamente llamado luego Mocoso, Carasucia, Calvorota, Huelecacas, Buda y hasta Cacho-de-Luna, había quedado estrechamente enredado con el Destino: en el mejor de los casos, una relación peligrosa. Y en aquella época ni siquiera sabía sonarme la nariz.

“Ahora, sin embargo, el tiempo (que ya no tiene utilidad para mí) se me está acabando. Pronto tendré treinta años. Quizá. Si mi cuerpo ruinoso y gastado me lo permite. Pero no tengo esperanzas de salir con vida, no puedo contar con disponer siquiera de mil y una noches. Tengo que trabajar deprisa, más deprisa que Sheherazada, si quiero terminar diciendo –sí, diciendo—algo. Lo reconozco: más que a cualquier otra cosa temo al absurdo.

“¡Y hay tantas historias que contar, demasiadas, tal exceso de vidas acontecimientos milagros lugares rumores entrelazados, una mescolanza tan densa de lo improbable y lo mundano! He sido un devorador de vidas y, para conocerme, sólo para conocer la mía, tendréis que devorar también el resto. Multitudes engullidas se empujan y apretujan dentro de mí; guiado sólo por el recuerdo de una gran sábana blanca con un agujero más o menos circular de unas siete pulgadas de diámetro en su centro, aferrándome al sueño de aquel rectángulo de tela blanca agujereado y mutilado, que es mi talismán y mi ábrete-sésamo, he de comenzar la tarea de rehacer mi vida a partir del punto en que realmente empezó, unos 32 años antes de algo tan obvio, tan actual, como mi nacimiento marcado por el reloj y manchado por el delito.

“(La sábana, por cierto, está también manchada, con tres gotas de algo rojo, viejo y desvaído. Como nos dice el Corán: Recita en el Nombre del Señor tu Creador, que creó al Hombre de coágulos de sangre)”.

 

Novedades en la mesa

La nueva novela de Antonio Ortuño, La Armada Invencible, con el sello de Seix Barral.