En los años sesenta del siglo XX, un grupo de jóvenes viajan desde el Soconusco, en Chiapas, a la Ciudad de México en busca del oro del título profesional. Muñequita de barrio de Marco Aurelio Carballo (20 de septiembre de 1942-1 de agosto de 2015) es una novela de iniciación, de rompimiento y elecciones de vida. Trasncribo algunas líneas en la edición del FCE (1999).
“Poco recuerdo del viaje en tren Tapachula-Distrito Federal, unas cuantas escenas. La del taxi y la resaca de los mil demonios. Me veo asomando la cabeza por la ventanilla para despedirme de Clararrosa pero no llegó, y de mamá y de papá y de mis tías, las dobles de las actrices guapas del cine, tristonas, diciéndome adiós desde el andén, rodeadas de mucha gente y bajo un sol bravo. Oigo una marimba cerca pero no alcanzo a verla. Toca El porrito de Lety, Cholito querido y Un sueño en la playa. Son las que le encantan a Sabrina. La presencia de la marimba es un hecho insólito aunque lo olvido pronto. Me veo bañándome en el estrecho baño del gabinete de los seis jovenazos que viajan con la perspectiva ilusoria de conquistar la capital del país, mientras echan relajo o juegan pokar o cubilete. Me veo leyendo a Hemingway o a Faulkner porque entonces leía dos libros al mismo tiempo, o releyendo los consejos en una revista de psicología para mejorar mi capacidad de observación porque si quiero ser escritor eso va a servirme. Me veo escribiendo una carta plena de alusiones eróticas a mi amor en turno, Clararrosa, y luego otra a mi amigo Moncho.
”Siento un escalofrío sin reflejar el espanto en mi cara de fierro al escuchar el relato del Papotas Alfredo Bonilla sobre cómo encontraron, en Puerto Madero, el cadáver de un amigo de la secundaria, desnudo y con los testículos y el pene emasculados a cuchilladas y metidos en la boca. Había leído el caso en los dos únicos diarios del pueblo pero ignoraba que el Papotas fuera amigo de la víctima, un entuerto para el cachuco ronco, el Che Guevara, si no es porque ya andaba haciendo la revolución cubana. Me veo observando los movimientos bamboleantes de Carlos Aranda que se puso la corbata y un suéter y el saco, poco antes de llegar a la estación de ferrocarriles del DF. Se meneaba al vaivén del convoy para no perder el equilibrio. El changüingua y yo bajamos en mangas de camisa o con una playera ban-long, no lo recuerdo.
”Tenía un traje que usé en la graduación de bachiller dizque hecho a la medida pero que me apretaba y no volví a usarlo. Cada quién recibió una copia de la foto de la promoción que nos tomaron al pie de la escalera al primer piso de la Secundaria Preparatoria y Normal Miguel Alemán Valdés, todos de traje y solemnes. Jovita Pulido ve hacia arriba y Oscar Alvarado Cook hacia abajo, Herminio Somohano y yo estamos hasta atrás y al frente están sentadas las chicas de blanco, donde Mariquita destaca sonriente y linda. Mientras Aranda se anudaba la corbata en su cuello corto y de espaldas cargadas, con la destreza impropia de un soconusquense, el tren iba a vuelta de ruedas por una colina de pocilgas con techos de cartón o de lámina y de paredes de cartón o de tablones desvencijados y corrompidos por la humedad y la polilla […]”
Novedades en la mesa
Simonetta Angello Hornby retrata a la Sicilia de los años cincuenta en su novela Unas gotas de aceite, traducida por Teresa Clavel para gatopardo ediciones (2016).
