La mirada audaz de Lionel Shiver (18 de mayo de 1957) acerca de los sentimientos en torno a la maternidad, plasmada en su inquietante novela Tenemos que hablar de Kevin, premiada y adaptada al cine, ahora muestra múltiples facetas en su libro más reciente, Propiedad privada (Anagrama, 2020, traducción de Daniel Najmías), un conjunto de 13 relatos que desbaratan mitos como la pareja, la juventud o los afectos. Transcribo las primeras líneas del cuento “Tipos de cambio”.
“Muy interesado en escoger un lugar auténticamente británico, Elliot lo organizó todo para encontrarse con su padre, de visita en la ciudad, en un moderno gastropub de The Cut, una calle de Londres con un nombre que por sí solo encarnaba el encanto del callejero de su país de adopción. (Elliot coleccionaba nombres de calles raros. En un reciente viaje de trabajo a Beberley había dado con dos realmente encantadores. Old Waste y North Bar Within. Esa afición era una maera de ahorrar. Una colección de teteras victorianas, por ejemplo, habría costado miles de libras; los nombres de las calles eran gratis.) Al Anchor & Hope podía ir caminando desde su apartamento de Bermondsey, pero el trecho era justo lo bastante largo para que su padre no quisiera acompañarlo a su casa a tomar café y descubrir que su hijo, a la humillante edad de 43 años, compartía el apartamento como un estudiante de posgrado que se las apañaba como podía. Que adultos solteros con trabajo a jornada completa tuvieran que juntarse para compartir un apartamento era algo de lo más normal en esa ciudad, pero su padre no lo entendería. En la conversación de Elliot, adjetivos como exorbitantes, robo a mano armada y extorsión ya no significaban nada de tanto usarlos.
”Con todo, mientras forzaba la vista para leer las recomendaciones de la pizarra, Harold Ivy, el padre de Elliot, aun siendo un profesor de historia jubilado especializado en la Inglaterra del siglo XVII, no se explayó demasiado contando cómo, en tiempos, el Támesis se había helado hasta el punto de que los feriantes vendían sus mercancías en las llamadas “ferias sobre hielo”. No, sólo habló de los precios de las cosas. Como todos los norteamericanos que habían visitado a Elliot en los últimos años, Harold, indignado, comentó que, si bien el tipo de cambio estaba a dos dólares la libra, con una libra y un dólar se podía comprar más o menos lo mismo.
”–Esa “ensalada de brotes de remolacha” con “tiras” de pato –dijo Harold, señalando la pizarra–. Ocho libras… ¡Eso son 16 dólares! ¡Y en un bar! ¡Por un primero!
”–Aquí se dice entrante.
Elliot se sentía a la vez responsable de los precios y orgulloso de haber sobrevivido a ellos. Ahora ya había adquirido la costumbre de multiplicar mentalmente por dos el precio de los productos británicos para convertirlos en dólares, para hacer aún más fuerte el de por sí atroz susto que daba la etiqueta; a la inversa, cuando iba de visita a los Estados Unidos dividía por dos 18.99 dólares; convertido a libras, X&Y, el último CD de Coldplay, parecía divinamente barato.
”–No es sólo en los restaurantes. Es todo –dijo Harold, que ya echaba humo–. Cuando estuve en Oxford, se me quedó sin tinta el bolígrafo mientras tomaba algunas notas de último minuto para la conferencia que me invitaron a dar. Fui a la papelería a comprar un paquete de tres y… ¡seis libras! ¡Cuatro pavos la unidad!
Novedades en la mesa
La nueva novela de Stephen King, Cuento de hadas (Plaza y Janés) conduce al lector a “el lado oscuro del Érase una vez”.
