Al menos dos elementos han hecho adictiva la multipremiada prosa de David Martín del Campo (CDMX, 21 de enero de 1952), autor unos 40 libros entre literatura infantil, novelas, cuentos, ensayos, crónicas y reportajes: su facilidad para desplazar un argumento y su buen tino al recuperar la historia reciente. Así ocurre en La niña Frida, un disparo a la cabeza detona la acción trepidante, revelando sórdidos temas de la infancia-adolescencia, a la vez que dibuja tres momentos del México del siglo XX en el arte, la política y la violencia. El suspenso se mantiene a lo largo de 300 páginas. El hilo conductor es Max Retana, un investigador privado al clásico estilo de los maestros del género. Transcribo las primeras líneas de la novela editada por Tusquets (2017).
“Juan Antonio miraba la bandera en lo alto del mástil. Mientras tanto, sus compañeros entonaban el himno con fingida marcialidad: “Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa ¡Oh Patria querida! Que el cielo…”
”Era lunes por la mañana y hacía fresco. Los alumnos lucían su uniforme de gala: camisa blanca y saco guinda con botonadura de latón. Un cúmulo amenazante mantenía velado al sol; de seguro llovería por la tarde.
”–¿Te pasa algo? –musitó Mario, su compañero–. ¿Por qué no cantas?
”El muchacho le devolvió una sonrisa confusa. El gesto intentaba sugerir una mala noche; la pesadilla de los perros ingresando por la ventana. Se reincorporó al coro de aquellos niños peinados con brillantina: “¡Patria, Patria! Tus hijos te juran exhalar en tus aras su aliento, si el clarín con su bélico acento…”
”Sintió pena por Mario. Sus padres recién se habían divorciado y la norma era no hacer demasiadas preguntas. Lo de Mario Bermúdez cumplía un ritual compartido en secreto: discusiones que duraban toda la noche, alegatos por dinero, reprensión por esa llegada a tan altas horas. El padre durmiendo en el sofá de la sala hasta el día en que abandonaba, por fin, la casa. Les había ocurrido a Fernández, a Zorrilla, a Marroquín. Algunos, al terminar el estudio, abandonaban el instituto. “Ojalá que Mario se quede”, pensó Juan Antonio Negrín cuando el coro ya concluía.
”De pronto hubo un quiebre atmosférico y el sol asomó. Una hora después los chavales se estarían desprendiendo de aquellas chaquetas color púrpura que utilizarían incluso como hitos de portería. “El acero aprestad y el bridón.” Lo había preguntado en clase cuando explicaban los símbolos patrios.
”–Maestra, ¿por qué la palabra guerra se repite nueve veces en el Himno Nacional? –Negrín se había levantado luego de entregar su composición.
”–¿Nueve veces? –repitió la profesora.
”–Sí, maestra. Con la estrofa principal, que se repite, son nueve veces.
”–Lo que pasa es que México ha sufrido mucho por las agresiones externas… –la profesora desesperaba con aquellos desatinos–. A ver, si alguien incendiara tu casa una y otra vez, ¿tú qué harías?
”Negrín no tenía la respuesta. Ni esa ni muchas otras. Respondió con franqueza.
”–Llamaría a los bomberos –y estallaron las carcajadas.
”Aquello había ocurrido un año atrás y ahora estaban por terminar la primaria. El siguiente ciclo iba a adquirir mayor severidad: álgebra, física, biología, escritura en inglés, además del acné y los pantalones zancones. Sólo que eso sería hasta septiembre, se consoló el chaval cuando alzó su pesada mochila […]”
Novedades en la mesa
Los libros de Annie Ernaux inundan las mesas de novedades, entre ellos, El acontecimiento (Tusquets, 1922), que da cuenta de los horrores de un aborto clandestino en los años sesenta.
