El comisario Maigret llega a Dizy en bicicleta para analizar el trasiego de la esclusa y resolver el crimen de una mujer para El arriero de La Providence (Los casos de Maigret) (traducido por Núria Petit, Acantilado, 2015). Transcribo las primeras líneas de esta novela de Georges Simenon (Bélgica, 13 de febrero de 1903-Suiza, 4 de septiembre de 1989).
La esclusa 14.- De los hechos minuciosamente reconstruidos, lo único que se deducía era que el descubrimiento de los dos arrieros de Dizy resultaba, por así decirlo, imposible.
El domingo –era 4 de abril– empezó a llover a cántaros a las tres de la tarde.
En aquel momento había en el puerto, aguas arriba de la esclusa 14, que conecta el Marne y el canal lateral, dos gabarras de motor que bajaban, un barco descargando y otro vaciando.
Un poco antes de las siete, cuando empezaba a anochecer, se anunció y entró en la cámara un barco cisterna, el Eco III.
El operario de la esclusa manifestó su mal humor porque tenía en casa a unos parientes que habían venido de visita. Le dijo que no por señas a una chalana que minutos después llegaba al paso lento de sus dos caballos.
Regresó a casa y al poco rato vio entrar al arriero, al que conocía.
–¿Puedo pasar? Al patrón le gustaría dormir mañana en Juvigny…
–Pasa si quieres. Pero te ocuparás de las compuertas tú mismo.
Cada vez llovía con más fuerza. Desde la ventana, el operario de la esclusa vio la silueta achaparrada del arriero, que iba pesadamente de una compuerta a otra, hacía avanzar a sus bestias y amarraba los cables a los norays.
La gabarra se elevó poco a poco por encima de las redes. No era el patrón el que llevba el timón, sino su mujer, una bruselense gorda con el cabello de un rubio chillón y una voz muy aguda.
A las siete y veinte, La Providence estaba parada frente al Café de la Marine, detrás del Eco III. Los caballos volvieron a bordo. El arriero y el patrón se dirigieron a la cantina, donde había otros marineros y dos pilotos de Dizy.
A las ocho, cuando ya había caído la noche, un remolcador arrastró hasta la entrada de las compuertas los cuatro barcos.
Eso aumentó el público del Café de la Mrine. Ya eran seis las mesas ocupadas. Los hombres se interpelaban de una mesa a otra. Los que entraban dejaban regueros de agua tras de sí y sacudían sus botas pegajosas.
Las mujeres acudían a comprar provisiones a la estancia contigua, iluminada por una lámpara de petróleo.
El aire era pesado. Se habló de un accidente que se había producido en la esclusa 8 y del retraso que podían sufrir los barcos que subían.
A las nueve, la bruselense de La Providence vino a buscar a su marido y al arriero, que se marcharon después de saludar al personal.
A las diez, las lámparas estaban apagadas a bordo de la mayor parte de los barcos. El operario de la esclusa acompañó a sus parientes hasta la carretera de Épernay, que atraviesa el canal a dos kilómetros de la esclusa.
No vio nada anormal. De regreso, al pasar por delante del Café de la Marine echó una ojeada, y un piloto lo llamó.
–¡Ven a tomar un trago! Estás empapado…
Se tomó una copa de ron, de pie. Dos arrieros, cargados de vino tinto y con los ojos brillantes, se levantaron y se dirigieron hacia la cuadra contigua a la cantina, donde dormían sobre la paja junto a sus caballo.
No estaban totalmente borrachos, pero habían bebido lo suficiente como para dormir con un sueño pesado.
En la cuadra, que sólo estaba iluminada por un farol de petróleo a media luz, había cinco caballos.
A las cuatro, uno de los arrieros despertó a su compañero […]
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