Un deseo desenfrenado, cargado de suspenso y acción sin pausas, da vuelo a “la niña” en una sucesión de rupturas y encuentros eróticos, como si el amor fuera un sinfín de piruetas sobre puntas de ballet. Esto ocurre en una novela favorita de los lectores jóvenes, Cállate niña (Planeta, 2017), escrita en primera persona por Rodolfo Naró (Tequila, 22 de abril de 1967). Transcribo las primeras líneas.
“Que buen día para morir. Mi madre siempre me dijo que mi papá era el mejor escritor de México. Aunque yo no lo conocí, nunca he dejado de idealizarlo, de imaginar que lo abrazo, que me ama. Desde niña una se cree el cuento del príncipe azul, reflejo del padre que todo lo sabe y todo lo puede. Jamás he tenido un hombre así a mi lado.
”¿Por qué tenía que morir hoy? Sólo una vez lo busqué, por la ilusión de decirle papá, de que me llamara hija. Tenía veinte años y era la mejor bailarina de México. Estuve una hora en la cafetería de Bellas Artes y no llegó. La semana anterior había dejado la clínica de tabaquismo, casi había cumplido el programa de catorce semanas y en esa maldita hora volví a fumar, me volvió el sudor a las manos, el miedo a dejar de ser. Nunca he sabido esperar. Cuando estuve embarazada de Raúl, odiaba que me preguntaran si estaba esperando. Quería decirle a mi padre que llevaba en el vientre a su nieto. Moría de ganas de verlo de cerca y comprobar si tenía en el cuello un lunar igual que el mío. No llegó. No hubo pretexto. No hubo disculpas. Nada. Nunca le importé, nunca le he importado a nadie. Por qué me duele su muerte. Por qué estoy llorando como tonta al pie de la cama, mirando la televisión sin querer oír. Lo encontró su secretaria y a los primeros que llamó fue a los bomberos. ¿Qué me costaba haber ido a buscarlo? Paseo de la Reforma 368. Todo el mundo sabe dónde vive Belisario Rojas. Malditos reporteros, se han de meter hasta la cocina. ¿Por qué tenía que morir hoy?
”No quiero contestar el teléfono. No voy a contestar. Seguro que es mi madre. Debe de estar viendo las noticias, histérica, al borde del suicidio. Será una de sus llamadas largas y cansadas, donde me va a repetir lo mismo. Lo quise como a ninguno. Fue el hombre de mi vida. Ese del periódico es tu papá. Lo están entrevistando de nuevo. Ganó un premio. Mira, ya salió su nuevo libro, seguro este sí me lo dedicó. Eres la única hija de Belisario Rojas. Siempre decía que no sabía en qué momento se había enamorado de él. Que era muy apuesto. Seguro de sí mismo. Que la coincidencia los había reunido. Se conocieron cuando ella trabajaba en Excélsior y él obtuvo la Beca Guggenheim. Esa mañana la chica encargada de cultura llamó diciendo que no llegaría y mi madre se guardó la orden para ir a entrevistarlo. Se citaron a las cinco de la tarde en el Sanborns de Reforma. Ella llevaba sus libros de poesía para que se los firmara. Se compró un minivestido con grandes flores anaranjadas y unos zapatos de plataforma que no se ha vuelto a poner. Los atesora en su clóset. Son los zapatos que me llevaron a tu padre, me decía. Toda mi vida me ha repetido la misma historia. Cuánto padeció su rechazo. Cómo anduvo persiguiéndolo, preguntándole por qué la había dejado, por qué no le contestaba las llamadas. La muy rogona, cómo no la iba a dejar. Lo esperaba en la esquina de su casa. Lo perseguía en los cafés de la Zona Rosa […]”
Novedades en la mesa
La nueva novela de Isabel Allende, El viento conoce mi nombre (2023), publicada por Plaza y Janés.
