En colaboraciones previas he señalado la pertinencia de que las naciones del Sur Global adopten un enfoque propio para el diagnóstico de las relaciones internacionales y la elaboración de su política exterior. La intención es que tomen distancia de las escuelas tradicionales, que ponen en el eje de sus reflexiones al interés nacional definido en términos de poder duro. Valorando la dificultad de cambiar el sistema multilateral, que opera en función de esa definición de poder y del equilibrio entre cinco naciones hegemónicas, parece necesario que los países periféricos hilen teorías alternativas. En esa línea y a partir del concepto de poder suave (Nye), tales naciones están llamadas a utilizar el capital político que les ofrece su congruencia diplomática, peso económico específico y patrimonio cultural, entre otras variables, para influir en los acontecimientos mundiales y obtener beneficios de una globalización (¿cosmopolitismo?) crecientemente errática y disfuncional.

Duro o suave, esta propuesta descansa en la convergencia de ambos en la definición del poder supremo del Estado, que está encargado de la formación y distribución de ese poder y, por ende, del monopolio del ejercicio legítimo de la violencia (Bobbio). En el caso del poder duro, el uso o amenaza del uso de la fuerza, es el principal agente para que el Estado alcance las metas que se ha propuesto en el plano internacional. Por lo tanto, la legitimidad y liderazgo de las naciones que lo ejercen descansa en la aceptación racional, tradicional y carismática de sus acciones por parte de la comunidad de naciones (Weber). Por lo que hace al poder suave, la conducta internacional de quienes lo despliegan se edifica alrededor de aspectos éticos, jurídicos y de justicia social, que reconocen al Estado como agente principal para la construcción del bien común (Santo Tomás), con base en un ordenamiento político democrático que garantice la paz perpetua (Kant).

Todo Estado despliega la forma de poder que mejor convenga a sus intereses. Para la teoría de las relaciones internacionales, ese despliegue establece conductas previsibles y más o menos legítimas, en función del objetivo de justicia que postula para las sociedades nacionales y la comunidad mundial. Así, para los países del Sur, el poder de la diplomacia (¿virtuosa?) se asocia con la idea de fortalecer al multilateralismo y apuntalar la gobernanza global, de tal suerte que la legitimidad del orden mundial y de la paz descansen en el desarrollo sostenible para el bienestar colectivo. Esta tesis de poder antagoniza con aquella que, por la fuerza, impone un orden político que prioriza el combate del Estado de naturaleza (Hobbes) y cuya interpretación de lo justo es caprichosa y va siempre en función de intereses y no de causas. Con base en ello y para beneficio del Sur global, habría que estimular la investigación empírica del poder suave y de su impacto en la distribución de los beneficios y del combate de las carencias que ocurren en la arena internacional.

El autor es internacionalista y doctor en Ciencias Políticas.