“Respondí alguna vez que mis vicios favoritos eran el alcohol, la literatura y las mujeres, en riguroso orden. Creo que me precipité: puedo dar prioridad a cualquiera de ellos, según las circunstancias”, dijo Ignacio Trejo Fuentes (Pachuca, 4 de junio de 1955-CDMX, 30 de mayo de 2024). Brillante y generoso, fue un insaciable lector, quizá el mayor conocedor de las plumas mexicanas, un relator que leyó parejo a sus maestros, a sus pares y a los jóvenes autores. De su novela El vaquero más auténtico que existió (Ficticia, 2006) transcribo las primeras líneas.
Inés, la luna y yo perdimos nuestra virginidad al mismo tiempo.
Desde temprano, en la casa hubo nerviosismo, la inquietud se respiraba por todos lados. Los nueve o diez integrantes de la familia, más un sinnúmero de amigos que habían llegado para atestiguar por televisión el acontecimiento del siglo, iban de un lado a otro, preparándose para el festín. Inés y yo no podíamos sustraernos a ese nerviosismo, sabíamos, sin habérnoslo dicho, que en efecto ocurriría algo fastuoso.
Cuando llegó la hora, nos arremolinamos en el cuarto donde estaba el televisor, y parecía una fiesta. Hicieron palomitas, sándwiches; había refrescos, café, cervezas. En la tele se sucedían anuncios comerciales y comentarios en torno a lo que íbamos a presenciar: se dieron datos, cifras, estadísticas de la Luna, de la NASA, de los tripulantes de la nave que se acercaba al satélite. Los locutores estaban nerviosos: ¿saldría todo como estaba previsto?, ¿podría ocurrir una catástrofe?
Se hizo un silencio que podía palparse cuando se anunció que el momento de todos tan deseado estaba por llegar. Fue cuando Inés y yo, cada quien por su lado y sin decirnos nada, nos escabullimos para encontrarnos en mi habitación. Nos abrazamos loca, arrebatadamente; nos dimos besos incendiarios y nos tendimos en la cama. Le subí el blanco vestido a la cintura, le quité los calzones y ella me ayudó a bajarme la truza y el pantalón. Como si estuviéramos siguiendo un libreto, o como si hubiésemos hecho muchas veces lo que estabamos haciendo llevó mi pene hasta su sexo, y tras algunos intentos, desconcertado, a tientas, la penetré. Inés hizo una exclamación indefinible, fue una mezcla de suspiro, de queja apenas inusitada, de estupor. Por mi parte sentí un dolor apenas perceptible y supe por vez primera lo que era entrar al Paraíso. Todo fue rápido: eyaculé al mismo timepo que sentía cómo ese nido tibio y húmedo se contraía cuando Inés tuvo el orgasmo que calificaría después como sublime. Nos seguimos besando, y creo que ambos déjamos escapar algunas lágrimas.
Del mismo en que nos habíamos semi desnudado, nos vestimos, y de nuevo, cada quién por su lado, nos reincorporamos donde los otros veían arrobados, estupefactos la gran hazaña de Neil Armstrong: había alunizado, y los espectadores estuvieron de acuerdo con la sentencia del austronauta: su pequeño paso sobre la Luna era un paso enorme para la humanidad. Aplaudimos rabiosos. Más Inés y yo: habíamos dado un primer paso gigantesco, descomunal.
Hasta entonces nuestros encuentros habían sido tímidos; consistían en tomarnos de la mano y darnos besitos locos que nos hacían hervir la sangre. A la menor oportunidad –las había por racimos– nos entregábamos a ese juego maravilloso cuya apoteosis era besarle los senos a Inés y que ella tentaleara mi sexo por encima del pantalón…
Novedades en la mesa
Otra aventura de Reacher en Oblígame (Blatt y Ríos, 2024), la nueva novela de Lee Child traducida al español por Aldo Giacometti.
