Aunque siempre he participado en movimientos de masas no armados, tuve muchos contactos con gente del movimiento armado. Era una época de gran influencia de la Revolución Cubana y de una intolerancia del Estado mexicano contra cualquier tipo de disidencia, de izquierda.

Hace prácticamente 60 años, en mi visita a Chile conocí en el avión, que iba rumbo al Segundo CONGRESO LATINOAMERICANO DE JUVENTUDES, SANTIAGO 1964, a unos cuates del norte del país agrupados en la organización campesina del Partido Popular Socialista, UGOCM, Unión General de Obreros y Campesinos de México. Estaban ya en esos días, en esos años, preparándose para un levantamiento armado el cual, sería después conocido como el levantamiento de Madera, de la Organización que asaltó al cuartel del mismo nombre o intentó asaltarlo el 23 de septiembre de 1965. Un año antes conocí a estos cuates y me proponían que me integrara con ellos, yo les expliqué que no estaba de acuerdo con su estrategia y que mejor mantuviéramos una relación amistosa pero distante.

Seis años después en Moscú en 1970, participaba como muchos en lo que llamaban actividades de las embajadas de otros países llamados socialistas en Moscú, una de ellas era las que se organizaban en la embajada de Corea, pasaban películas, repartían folletos del pensamiento Kim Il-Sung, y la idea del pensamiento era que, su pensamiento era capaz de mover montañas y lo hacía. Ahí junto con otros tomábamos algún licor coreano, nos daban algunos bocadillos y pasábamos el tiempo. En una de esas reuniones me ubicó Fabricio Gómez Souza, un cuate que después sería jefe del movimiento del MAR, Movimiento Armado Revolucionario y el cual murió recientemente.

Una ocasión, por mediación de otro amigo, José Luis Guerrero, me propuso que platicásemos, me citó en las afueras de lo de que se llamaba la Exposición Permanente de Realizaciones del Pueblo Soviético. Era entre enero – febrero de 1970 había una temperatura de unos 20 a 22° grados bajo cero, había nieve de una altura de metro, metro y pico. Este cuate me invitó a caminar y platicar, le pregunté del  porque no nos metíamos a un café, algún bar o algo, para no estar en la intemperie y me respondió que no,  qué esa era la manera más segura de evitar que nuestras conversaciones fueran grabadas por el espionaje soviético, eso me pareció raro, ¡cómo qué  esconderse del pueblo soviético del poder soviético! algo raro tramaba este cuate; platicamos horas y horas de México, de la crisis ( que siempre ha estado en crisis desde que yo recuerdo), de la represión del gobierno intolerante etc., pero también de que  había traicionado los ideales de la revolución mexicana y que ya era tiempo de echarlos fuera y de cambiar el poder y hacer la revolución, en resumen, me dijo que me invitaba a participar en el MAR, no me dio más detalles pero sabía que ellos se contactaban en Moscú con estudiantes de la Universidad  Patricio Lumumba donde yo estaba, de ahí los enviaban a Berlín oriental.  Era curioso porque los enviaban disque para atenderse por cuestiones ópticas, creo que en esa época en la llamada República Democrática Alemana RDA, tenía cierta reputación de buena medicina y con ese pretexto los conectaban y después mandaban a Corea del norte a Pyongyang, todo esto hay que decirlo a espaldas de los soviéticos, mucho más a espaldas de las autoridades del gobierno mexicano. Era una conjura de esas que arma la mentalidad fantástica anticomunista pero que en este caso era una realidad; así tuve una segunda vinculación o contacto como se le quiera llamar. “Contacto cercano del tercer tipo” como se decía, con estos tipos casi extraterrestres que eran de los grupos armados mexicanos.

Pasado el tiempo después de la represión del 68 a mi regreso a México, de Moscú donde estuve de octubre de 1969 a junio de 1970, me di cuenta que la mayoría de la Juventud Comunista estaba encandilada en lo que llamaban el proceso de una construcción armada. Tenían una mezcla de ideas de orden tecnócrata keynesiano y de Kalecki el polaco, que les había influido el economista Jesús Puente Leyva en la Universidad de Nuevo León, el líder de todo eso era Raúl Ramos Zavala, un muchacho menudito con un aspecto más bien de tecnócrata del Banco de México que de guerrillero, muy inteligente, conocedor del tema.  Esa teoría o esa escolástica keynesiana-kalequiana desde el punto económico, la mezclaban con una suerte de confusión en el plano político, consideraban a Lenin un reformista, a Fidel Castro un traidor, a Allende otro tanto y al Partido Comunista Mexicano un partido entregado a la burguesía a la policía y que, por lo tanto, se debía construir otra opción. Las condiciones objetivas estaban dadas, se decía acorde con los manuales de marxismo, había simplemente que construir las subjetivas.

Conocí a Lucio Cabañas en la Juventud Comunista, antes de la masacre en Atoyac el 18 de mayo de 1967, por la cual Lucio se “fue al monte” creando la Brigada de Ajusticiamiento y posteriormente al Partido de los Pobres. En una ocasión Lucio Cabañas me escribió con su puño y letra una carta, en realidad un parte militar dando cuenta de las bajas causadas al ejército, los detenidos y las armas incautadas. Ese fue mi vínculo con su legendario grupo armado.

Varias veces la DFS me acusó de participar en acciones armadas, lo que siempre intenté desmentir a través de cartas a Excélsior que nunca se publicaron.

A pesar de mis diferencias con la vía armada, siempre expresé mi solidaridad con los compañeros, inclusive exigí cara a cara al presidente Luis Echeverría su liberación durante su grosera invasión a la UNAM, el 14 de marzo de 1975, donde asalté la tribuna.

Ahora se realiza una operación muy extraña por parte del gobierno, que se inició con AMLO, muy esquizofrénica, por una parte se divulgan fechas, homenajes, conferencias, libros de cierto tono acrítico e incluso apologético de la lucha armada y al mismo tiempo se realiza una campaña de Estado de exculpación del ejército de sus crímenes, tanto los cometidos contra los grupos armados, los pueblos donde actúo la guerrilla rural, de la llamada guerra sucia; como de las masacres de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 y la de San Cosme el 10 de junio de 1971. Ese montaje debe ser denunciado sin cortapisa alguna.