John Fante (Denver, 8 de abril de 1909-Los Ángeles, 8 de mayo de 1983) fue un maestro de la prosa concisa y desenfadada, con frases agudas, muestra de su oficio de guionista. Nada sobra en sus historias de temas cotidianos que diseccionan las relaciones familiares y de pareja, con humor pesimista. La mayoría de su obra se publicó de manera póstuma. Transcribo las primeras líneas del libro Al oeste de Roma. Mi perro Idiota & la orgía (Anagrama, 2007) traducido por Antonio-Prometeo Moya.

Transcurría el mes de enero, frío, oscuro y lluvioso, me sentía cansado e infeliz, los limpiaparabrisas no funcionaban y estaba mareado después de una larga velada vespertina en la que había estado bebiendo y hablando con un director de cine millonario que quería que escribiera un guión sobre la muerte de Sharon Tate y los demás “a la manera de Bonnie y Clyde, con ingenio y estilo”. No había dinero por medio. “Seremos socios, mitad y mitad.” Era la tercera oferta de esta clase que recibía en los últimos seis meses, todo un símbolo desalentador de la época.

A paso de tortuga por la autopista de la costa, a veinte por hora, con la cabeza fuera de la ventanilla, con la cara chorreando de agua, con los ojos entornados para distinguir la raya blanca, con la capota de vinilo del Porsche de 1967 (cuatro letras devueltas, el banco ya con grito en el cielo) casi rota a causa del diluvio, finalmente abandoné la autopista en dirección a la playa.

Vivíamos en Point Dume, un cabezo que sale del mar como una teta en una película pornográfica y que es la punta septentrional de la media luna que forma la bahía de Santa Mónica. Point Dume es una comunidad sin señales de tráfico. Una caótica yuxtaposición de urbanizaciones periféricas tan intrincadamente atravesadas por calles serpeantes y callejones sin salida que, después de veinte años de vivir allí, todavía me pierdo cuando hay niebla o lluvia, y a menudo doy vueltas sin rumbo por calles que no están ni a dos manzanas de mi casa.

Y como era obligatorio aquella tormentosa noche, doblé por Bonsall y no por Fernhill y di comienzo a la lenta y desesperante aventura de encontrar mi domicilio, sabiendo que al final, siempre que no me quedara sin gasolina, acabaría otra vez en la autopista de la costa y bajo la débil luz de la cabina telefónica de la parada del autobús, desde donde llamaría a Harriet para que acudiera y me indicase por dónde se iba a mi casa.

A los dos minutos apareció Harriet en lo alto de la cuesta, con las luces del cinco puertas agujereando la tempestad, y se acercó a la cabina junto a la que estaba yo estacionado. Tocó el claxon, bajó del coche y corrió hacia mí con un impermeable blanco. Tenía los ojos dilatados por la preocupación.

–Necesitarás esto. –Sacó de debajo del impermeable mi pistola calibre 22 y me la alargó por la ventanilla–. Hay algo terrible en el patio.

–¿Qué es?

–Nadie lo sabe.

Yo no quería la maldita pistola. No la cogí. Harriet dio una patada en el suelo.

–¡Cógela, Henry! Puede que te salve la vida –dijo, poniéndomela debajo de la nariz.

–Pero ¿de qué se trata?

–Creo que es un oso.

–¿Dónde?

–En el césped. Bajo la ventana de la cocina.

–Quizá sea uno de los niños.

–¿Con pelo?

–¿Qué clase de pelo?

–Pelo de oso.

–Puede que esté muerto.

–Respira.

Empiujé la pistola hacia ella.

–Escucha, no pienso disparar a un oso dormido con una pistola calibre 22. Sólo conseguiría despertarle. Llamaré al sheriff…