La monja española se anticipó al mindfulness y promovió

la libertad interior frente a los tiempos vertiginosos que vivimos

 

Sócrates hizo escarnio de quienes pretendían saberlo todo y declaró que una vida sin examen no tenía razón de ser vivida. Diógenes de Sínope hizo ver a Alejandro Magno que incendiar, asesinar y despojar a un pueblo de su tierra no tenía mérito alguno, dijeran lo que dijeran sus aduladores. Filósofos como ellos nos ayudaron y nos siguen ayudando a ver el mundo de una manera más clara: a entender que no podemos quedarnos en la superficialidad y las apariencias.

Si bien con una connotación religiosa, Antonio Abad, Benito de Nursia o Francisco de Asís pertenecen a esta tradición: nos invitaron a pensar en lo que hacemos y a revisar el trajín de nuestras vidas: los desvelos, la riqueza, los lujos, el éxito… ¿Vale la pena esforzarse tanto por tan poco?

En el siglo XVI español, pocas personas lo hicieron mejor que la mística española Teresa de Ávila (1515-1582). Nos invitó a explorar nuestra interioridad en un mundo lleno de distracciones. No tenemos que ser religiosos para admitirlo. La reflexión e introspección a que nos convida, en la línea de René Descartes, significa un viaje al interior de nosotros mismos: ¿qué somos? ¿dónde estamos? ¿A dónde vamos?

Creció en una familia de clase media alta y, desde niña, se sintió fascinada por las historias de los mártires cristianos. Soñaba ser decapitada por los moros y, a tal efecto, al cumplir 7 años, convenció a su hermano para escapar de casa “para convertir herejes”. Pero fue la muerte de su madre la que la obligó a revisar sus valores y a rogar a la Virgen María que, en adelante, fuera su madre.

En el Libro de la vida -su autobiografía – declara que ella era una joven perversa, pues gustaba de vestidos y perfumes. En esa época, la idea del pecado estaba muy arraigada y la amenaza de la condenación eterna aterraba a cualquiera. Luego de pasar enclaustrada un año y medio en un convento, decidió convertirse en monja.

Conforme fue conociendo su nuevo universo, se convenció de que los monasterios carmelitas no cumplían con la misión que alentó a la Orden del Carmelo en el siglo XII y anunció que refundaría la orden. Sus enemigos surgieron por doquier: el alcalde de Toledo, la priora del convento de la Encarnación y muchos otros a quienes la idea de una clausura estricta, de una pobreza radical y un silencio casi absoluto los soliviantó. Pero alguien tenía que exhibir el sin sentido de la frivolidad y los excesos. Y si curas y religiosos eran parte de aquel frenesí, ¿quién lo haría?

Los ataques y burlas no amedrentaron a Teresa: con los apoyos de Fray Pedro de Alcántara, el príncipe de Éboli, Juan de la Cruz y otros convencidos de la necesidad de refundar el Carmelo, acabó consiguiendo el apoyo de los papas Pío IV, Pío V y Gregorio XIII. Pronto contó con el aval de Felipe II, el piadoso monarca de España, y los conventos proliferaron en Medina, Valladolid, Toledo, Salamanca, Alba de Torres y otras ciudades.

Pero el impacto que hoy tiene en el siglo XXI Teresa de Jesús va más allá: desde joven había hecho ejercicios de “oración mental” que, al buscar la “atención consciente” y la presencia en el aquí y el ahora fueron, de algún modo, antecesores del mindfulness. Hoy se busca paz y serenidad a través de esta atención plena. Ella buscaba lo mismo, así le denominara “Dios”.

En sus ejercicios espirituales comenzaron a aparecer María Magdalena, San Agustín y otros santos. Luego escuchó voces y, al referirlas a sus compañeras y su confesor, halló escepticismo y burlas. En el capítulo 29 del Libro de la vida, refiere una transverberación: se le aprecia un querubín con un dardo de oro en la mano, el cual metía y sacaba de su corazón, hasta llegar a sus entrañas. “Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”. A partir de esta descripción, Lorenzo Bernini logró su mejor escultura, hoy expuesta en la iglesia de Santa María de la Victoria, en Roma: El éxtasis de Santa Teresa, que más que una experiencia mística, recuerda un orgasmo.

Lo cierto es que Teresa deseaba la muerte, para así reunirse con su creador: “Vivo sin vivir en mi”, escribió, “y tan alta vida espero… que muero porque no muero”. En el ínterin fundó conventos, caminó a lo largo y ancho de España, provocó que nobles y mercaderes, soldados y obreros, se hicieran preguntas incómodas y, con un español seductor, que desafió el latín que usaban los eruditos, escribió poemas y libros entrañables. Camino de perfección y Las Moradas, son auténticos manuales de introspección. Fue canonizada en 1622 y nombrada doctora de la Iglesia Católica en 1970.

Si, hoy día, alguien puede auxiliarnos a vivir nuestra interioridad y a construir nuestro “castillo interior”, no como evasión sino como un modo de disciplina personal frente al mundanal ruido, esa es Teresa de Jesús. Da igual si somos católicos o no.