La segunda aparición del superintendente Battle y de la mansión Chimneys ocurren en El misterio de las siete esferas (1929), una de las primeras novelas de la británica Agatha Christie (15 de septiembre de 1890-12 de enero de 1976), adaptada ahora por Netflix en formato de miniserie. Como suele ocurrir en las historias de la autora, se trata de un juego que termina con muerte. Transcribo las primeras líneas.

Aquel agradable joven llamado Jimmy Thesiger bajó de dos en dos los peldaños de la gran escalera de Chimneys. Tan precipitado era su descenso que fue a chocar con Tredwell, el majestuoso mayordomo, cuando éste cruzaba el vestíbulo llevando café recién hecho. Sólo debido a su maravillosa presencia de ánimo y su agilidad de acróbata, no ocurrió una catástrofe.

–Perdone –se excusó Jimmy–. Oiga Tredwell, ¿soy el último en bajar?

–No, señor, Mr. Wade está aún en sus habitaciones.

–¡Magnífico! –respondió Jimmy entrando en el comedor.

No había nadie en él excepto su anfitriona, cuya mirada de reproche le causó la misma sensación de incomodidad que experimentaba al ver los ojos de un abadejo en el mostrador de la pescadería. ¿Por qué tenía aquella señora que mirarle de esa forma? Cuando se pasan unos días en una casa de campo, no es costumbre presentarse a desayunar puntualmente a las nueve y media. Es verdad que habían dado ya las once y cuarto, hora que acaso constituyera el límite máximo; pero, después de todo…

–Temo haber bajado algo tarde, lady Coote, ¿no le parece?

–¡Oh, no importa! –repuso la dama con voz melancólica.

En realidad la gente que llegaba tarde al desayuno le causaba una seria preocupación. Durante los diez primeros años de su vida de casada, su marido, sir Oswald Coote (quien aún no era noble), armaba un terrible escándalo si su primera comida del día le era servida medio minuto después de las ocho de la mañana. Lady Coote aprendió a considerar la falta de puntualidad como uno de los más horrendos pecados. El hábito es difícil de cambiar. Era, además, una mujer diligente y no podía dejar de preguntarse a dónde llegarían aquellos jóvenes en la vida a menos que se levantaran temprano. Como sir Oswald a menudo había dicho a periodistas y amigos: “Atribuyo enteramente mi éxito a mi costumbre de madrugar, a mi vida frugal y metódica”.

Lady Coote era una mujer alta y bien parecida con un estilo un tanto trágico. Poseía unos hojos de mirada triste y una voz profunda. El artista que buscara un modelo para Raquel llorando a sus hijos hubiera estado encantado con ella. Tampoco hubiese hecho mal papel en los melodramas, interpretando a la sufrida esposa que escapa en medio de la ventisca de las garras del villano.

Parecía como si, en su vida, hubiera una gran pena secreta; sin embargo, a decir verdad, lady Coote no se había visto turbada jamás, excepto por la meteórica ascensión de sir Oswald a la prosperidad. En su juventud fue una alegre y extravagante criatura, muy enamorada de Oswald Coote, el ambicioso joven de la tienda de bicicletas contigua a la ferretería de su padre. Vivieron felices: al principio en dos habitaciones, en una casa pequeña después, en una mayor a continuación y, más tarde, en sucesivas casas de creciente magnitud, pero siempre a razonable distancia “del trabajo”, hasta que sir Oswald alcanzó tal preeminencia que él y “el trabajo” no eran ya interdependientes, complaciéndose entonces en alquilar la mayor y más suntuosa residencia que pudo encontrar en toda Inglaterra.