Meses antes de la invasión francesa de 1862, se produjo un ataque de los europeos a nuestro país, se le llamó “la Guerra de los Pasteles” y se le conoció así porque supuestamente un pastelero francés reclamaba el pago por los daños sufridos en su negocio en uno de tantos motines en la Ciudad de México.
Otra versión dice que unos viajeros franceses estaban por el rumbo de San Cosme durante las fechas del carnaval. En ese marco festivo, muchos habitantes acostumbraban a salir a las calles para echar agua a los transeúntes por diversión. Precisamente, por esa costumbre, les arrojaron agua a los europeos y estos armaron un escándalo…
Sea como sea, ahora no se trata de pasteles ni de peatones franceses empapados. Ahora se trata de una guerra menos vistosa y visible, pero con efectos más agresivos. Se trata de una competencia económica en camino de tornarse violenta.
La guerra de los aranceles que, es necesario reconocerlo, ya ha comenzado a afectar a algunos renglones de la economía nacional y esta afectación ya es perceptible. Los aranceles a insumos y bienes de la industria automotriz, la de mayor pujanza en el escenario económico solamente, son un ejemplo.
En un escenario como el descrito, de enfrentamientos estratégicos, comerciales y productivos, hay distintos temas que deberían ser compartidos entre el gobierno y los ciudadanos. Es posible que las opiniones de la población no estén lo suficientemente fundamentadas en los asuntos propios de la dinámica económica; pero sería conveniente escuchar las ideas de los mexicanos para que, de alguna manera, nos sintamos como participantes.
En ese orden, lo que hemos observado es que, junto a los conflictos relacionados con los aranceles, está la evolución en los valores de las monedas. Los tipos de cambio que, aunque de manera menos ruidosa, son una de las armas más letales de la guerra económica. Así como hay guerras de aranceles o de contrabandos programados, también hay enfrentamientos con los equivalentes monetarios. Las sobrevaluaciones y las devaluaciones son las municiones en estos espacios de la economía.
Justamente por ello, al mismo tiempo que es excelente el manejo de la masa monetaria que ha logrado una clara estabilidad del peso, es necesario comenzar a hacer las revisiones en torno al asunto. Esto es, necesitamos preguntarnos si es conveniente mantener un peso inflexible o con frecuentes cambios al alza. Como ya se dijo, sería importante considerar la opinión de los mexicanos y una de ellas es en el sentido de que mantener el peso en esas equivalencias no es del todo conveniente cuando la competencia por las exportaciones es de alto riesgo.
Sencillamente, todos quieren vender, pero los servicios o las mercancías resultan más caras si las monedas propias son más costosas. Así, por ejemplo, si los dólares o los euros están muy baratos tenderemos a comprar más de lo que se hace con divisas caras.
Por otra parte, las reservas mexicanas están en dólares y tenemos tasas de interés muy atractivas. Habría que pensar en ajustes a los tipos de cambio e informarle a la población sobre las medidas. Es decir, que no se piense que los ajustes al tipo de cambio son devaluaciones forzosas. El Estado mexicano debe demostrar que puede. El pastel internacional es, otra vez, objeto de conflictos.
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