De acuerdo con sus antecedentes, propósitos, diálogos e incidencia en la marcha del mundo, todo foro internacional aparece, cobra relevancia -en su caso- y permanece o tiende a fenecer. Por el momento en el cual se escenificó, el Foro Económico Mundial de Davos de este año se perfilaba como un espacio de atención más que justificada. El escenario internacional muestra tensiones, encrucijadas y retos que no se habían vivido en los lustros recientes. El detonante no ha sido la oportunidad de la desaparición de la Unión Soviética y el fin de su hegemonía sobre los países de Europa del Este, como en los años noventa del siglo pasado, sino la incertidumbre generada por la actuación del presidente estadounidense en el ámbito internacional.
Vale la pena detenerse en el discurso pronunciado el 20 de enero en curso por el premier canadiense, Mark Carney, por la transparencia, claridad e, incluso, elegancia con la cual dio cuenta de la forma en que aprecia el momento actual para la comunidad de naciones, las implicaciones y riesgos para los Estados-Nación y la determinación de su gobierno por impulsar y construir la vía de las alianzas estratégicas de las potencias medias frente a la pretensión de dominio de quien podía ser reconocido, pero sin citarlo como país, gobierno o mandatario. Aún en la crítica fue cuidadoso para no ir al choque, pero no deja de ser revelador de que el terreno no es ideal.
Con el discurso de Carney surge la reflexión en torno a quien dice lo que se aprecia, articula lo que se entiende y plantea algo de lo que se desea, pero que no se había escuchado. Tiene lógica, sustento y perspectiva, pero no se había expuesto por alguien que conjuntara ideas y praxis de liderazgo democrático de quien responde por el presente y el futuro de un actor importante en la arena internacional.
Hay variados componentes valiosos del discurso del premier canadiense: la ruptura del orden mundial como una dura realidad precedida de la simulación por el doble rasero -el poderoso cumple a voluntad y quien no lo es tiene que aceptarlo-; la complacencia a la hegemonía es espejismo de mejor trato para quien va solo; el uso de la integración económica como ingrediente de intimidación y el saldo fáctico de la subordinación; la necesidad de articular los intereses de las potencias medias -sin excluir a los países que no tienen esa consideración- para sostener lo multilateral con base en el ejercicio estratégico de la autonomía; la afirmación de la complementariedad como eje de alianza ante las incertidumbres y la vulnerabilidad individual, en aras de sostener e impulsar principios para la auténtica cooperación.
Además, sustentó sus postulados en la práctica de la interdependencia de las políticas interior y exterior de Canadá. Es decir, la consistencia de actuar en una y otra esfera hacia objetivos nacionales de viabilidad internacional.
Por su fuerza descriptiva, destacó una expresión coloquial para delinear roles en un contexto de asimetría de poder: “Las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”. Frente a la amenaza y aún el ejercicio de poder en las relaciones entre Estados, el premier Carney invoca la legitimidad de los principios y las reglas del consenso, no de la coacción. Valioso, sin duda, lo expuesto por el líder del Partido Liberal de Canadá. Sin embargo, ¿acaso es algo nuevo?
En su artículo “Nota sobre Davos: la ausencia mexicana”, publicado en Nexos, Andrés Ruiz Ojeda hace una serie de recordatorios claves: (i) los países del Tercer Mundo -siguiendo a Antony Anghire- han mostrado que los supuestamente indefensos en la comunidad de naciones “cooperan para disputar, moldear y construir aquello que, en principio, aparenta ser sólo el campo de los poderosos”, pues hay evidencia de que “en posición de inferioridad y desde el derecho internacional… han cooperado… para fijar límites a la hegemonía, avanzar ideas y convicciones, defender intereses y escapar, o por lo menos perforar, el duro caparazón de la sumisión”; (ii) la oratoria de Carney no es sólo contenido, sino quién lo ha dicho, aunque ha descrito un escenario que no es desconocido para México; y (iii) la diplomacia mexicana, con múltiples ejemplos, ha sabido defender principios e intereses con el ejercicio pragmático del Derecho Internacional, la construcción de alianzas y el uso de los foros multilaterales para hacer frente a las pretensiones hegemónicas. Así, lo que sorprende en el titular del gobierno canadiense puede rastrearse como estrategia y práctica en la diplomacia de los países emergentes y, desde luego, de México. Hay varios ejemplos en condiciones nunca fáciles.
Es en ese contexto en el cual parece surgir el traje a la medida -no porque haya intención sino porque la descripción se ajusta- de la ausencia de política exterior consistente con la tradición de defensa de los intereses nacionales y también de estrategias y actuaciones del gobierno mexicano frente a las condiciones, presiones y exigencias de la Casa Blanca, que puede colegirse de lo dicho por Mark Carney. Dos botones: la conducta inevitablemente complaciente con la hegemonía en el espacio exclusivo de la negociación bilateral; y la invocación discursiva de la soberanía mientras en los hechos hay subordinación.
Si bien suele haber equívocos e imprecisiones en la aparición cotidiana de la encargada de la presidencia de la República para impulsar la narrativa gubernamental, la mención expresa del 21 del actual: “Muy buen discurso de Carney, del primer ministro Carney, no sé si lo oyeron, a tono con los momentos actuales”, revela dos cuestiones: a) el apartamiento de la práctica de no formular comentarios públicos sobre las declaraciones y discursos de quienes son jefes de gobierno o de Estado en los países con los que sostenemos relaciones diplomáticas; y b) la distancia de la comprensión sobre la historia y logros de la diplomacia mexicana, así como de las descripciones generales hechas que parecen ajustarse a la forma en la cual el gobierno a su cargo se ha caracterizado por hablar de autodeterminación y soberanía, pero que los hechos cede, concede y ajusta lo necesario para complacer la voluntad estadounidense, incluso violentándose normas constitucionales sin margen de aplicación o interpretación discrecional en materia de ingresos de militares extranjeros y entrega de personas privadas de su libertad.
En lo interno son la polarización y la negación de legitimidad a la pluralidad y, en lo externo, la ausencia de política exterior y de estrategia para los momentos actuales, parte de lo que empequeñece y aísla al país.
