Científico y médico, Bertold Brecht (Alemania, 10 de febrero de 1898-14 de agosto de 1956), uno de los emblemáticos dramaturgo del siglo XX, también escribió relatos y poemas. Transcribo las primeras líneas de su cuento “El círculo de tiza”.

En tiempos de la guerra de los Treinta Años había un protestante suizo llamado Zingli que poseía una gran teneria y un almacén de curtidos en la ciudad libre de Augsburgo, a orillas del Lech. Estaba casado con una augsburguesa que le había dado un hijo. Cuando los católicos iniciaron su avance sobre la ciudad, sus amigos le aconsejaron que huyese inmediatamente, pero bien porque le retenia su reducida familia o porque no quería abandonar la teneria, el caso es que no se marchó a tiempo.

Ocurrió, pues, que todavía se hallaba en la ciudad cuando la tomaron por asalto las tropas imperiales, y cuando estas empezaron a saquearla por la tarde, el curtidor se escondió en un foso del patio donde guardaba los tintes. Su esposa debía haberse marchado con el niño a casa de sus parientes en las afueras de la ciudad, pero se entretuvo demasiado empaquetando sus cosas vestidos, joyas ropas de cama, y de pronto vio desde una ventana del primer piso cómo un pelotón de soldados imperiales irrumpía en el patio. Atenazada por el miedo, abandonó todo y salió corriendo por la puerta trasera de la finca.

El niño también quedó en la casa. Yacía en su cuna, en el gran zaguán, jugando con una pelota de madera que colgaba de una larga cuerda sujeta al techo.

Sólo quedó en la casa una criada joven. Estaba ocupada en la cocina con las cacerolas de cobre cuando oyó ruido procedente de la calle. Se abalanzó a la ventana y vió como desde el primer piso de la casa de enfrente los soldados arrojaban a la calle toda clase de despojos. Fue corriendo al zaguán, y se disponía a sacar de la cuna al niño cuando oyó un fuerte golpeteo contra la puerta principal, que era de roble. Presa del pánico, huyó escaleras arriba.

Irrumpió en el zaguán una turbamulta de soldados borrachos que lo destrozaron todo. Sabían que aquella era la casa de un protestante. Fue un verdadero milagro que en el registro y el saqueo no descubrieran a Ana, la criada. Por fin se marchó el pelotón, y Ana salió del armario en que se había ocultado. Inmediatamente fue en busca del niño, que se encontraba sano y salvo en su cuna. Lo cogió apresuradamente y salió al patio con todo género de precauciones. Entretanto había anochecido, pero el resplandor rojizo de una casa que ardía en las inmediaciones iluminaba el patio, y Ana descubrió horrorizada el cadáver de su amo. Los soldados lo habían sacado de su escondite y lo habían matado a palos.

Entonces comprendió el peligro que correría si la descubrían en la calle con el hijo del protestante. Apesadumbrada, lo volvió a dejar en la cuna, le dio un poco de leche, lo meció hasta que se quedó dormido y se puso en camino hacia el barrio donde vivía su hermana casada. Hacia las diez de la noche, acompañada por su cuñado, se abría paso entre la turbamulta de soldados que celebraban la victoria. Iban camino de las afueras, en busca de la señora Zingli. la madre de la criatura. Llamaron a la puerta de una casa de imponente aspecto, y al cabo de algún tiempo se abrió una rendija. Un anciano de corta estatura, el tío de la señora Zingli, asomó la cabeza. Ana, casi sin aliento, le dijo que el señor Zingli había muerto. pero que el niño se hallaba sano y salvo en la casa. El anciano la miró fríamente con sus ojos saltones y repuso que su sobrina ya no se encontraba allí; añadió que él mismo no quería saber nada de aquel bastardo protestante y, sin más, cerró la puerta. Mientras se alejaban de allí, el cuñado de Ana vio que en una ventana se movía una cortina, y llegó a la conclusión de que la señora Zingli estaba en aquella casa […]