El deterioro del orden liberal y la incredulidad en los mecanismos de preservación de la paz y seguridad mundiales que prevé la Organización de Naciones Unidas, están derivando en el desmantelamiento progresivo de los consensos políticos requeridos para operar el orden liberal de la segunda posguerra. En esa línea, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, señaló recientemente en la Conferencia de Seguridad de Munich, que deben hacerse ajustes a los organismos internacionales para reflejar acomodos emergentes y la nueva distribución de poder. Se trata, en efecto, de un momento inédito, donde las guerras que ocurren en diversas regiones son eco de un diseño de arquitectura multilateral que no ofrece los resultados esperados porque lo agobia la inercia y es víctima de su burocratización. Conflictos como los de Ucrania y Medio Oriente, la galopante pobreza en diferentes zonas y los populismos de izquierda y derecha, alteran el orden y la justicia, polarizan sociedades y no contribuyen a generar bienestar. Así las cosas, la vocación de “apaciguamiento” que es inherente a la ONU y que aspira a limitar la guerra como instrumento final de la política, está cediendo a decisiones que, desde los centros de poder, buscan rentabilidad inmediata, en beneficio de una estabilidad unipolar y hegemónica que altera alianzas y socava la confianza de las naciones. En este frío panorama, los valores éticos que deberían regular la conducta interna e internacional de los Estados, son relegados a segundo plano. Ello ocurre por la necesidad que tienen de velar por su propia seguridad, en un sistema de galopante anarquía, donde los gobiernos con frecuencia responden como autómatas a situaciones estructurales e impredecibles. Para la mayoría de las naciones, con poco margen de maniobra y soberanía más o menos sometida, el reto es adoptar un patrón de política exterior que les permita sobrellevar los desplantes unilaterales y anhelos de dominio de las potencias.
Esta realidad indica que los hegemones, cada uno a su manera, tienen una perspectiva exigua del acontecer global. Desde un prisma monocromático, sus cúpulas dirigentes menosprecian la interdependencia económica y descalifican el diálogo entre los distintos actores de las relaciones internacionales. De esta manera, merman el potencial de la cooperación, incrementan el valor de acuerdos transaccionales, descalifican el orden jurídico y cancelan el carácter progresivo de la política mundial. Con descarado simplismo, se fomenta así la desconfianza entre el Norte y el Sur, se estimula la controversia y no su solución pacífica, se abarata la responsabilidad de proteger de los organismos multilaterales y se robustece la fuerza militar. La ecuación es peligrosa; al desechar la diplomacia y priorizar el abuso del uso de la fuerza, los poderosos buscan controlar el caos con una ecuación subjetiva que asocia su verdad con su poder. En esta singular jungla, los Estados de la periferia corren el riesgo de quedar sujetos a un modelo de convivencia donde el regateo sustituye a la buena política, aquella que combina cooperación con los valores comunes del decaído orden internacional. El desarreglo del mundo es, finalmente, síntoma del afán de pocos por controlar y someter a muchos por la vía de la fuerza. En este teatro polarizado y desigual, las naciones deben ejercer cautela y aplacar los tambores de la guerra, de la horrible guerra (Bella! Horrida Bella!).
El autor es doctor en Ciencias Políticas e Internacionalista.
