Si bien se le escatimó el reconocimiento en un principio, hoy sabemos que la labor de esta científica austríaca fue decisiva para conseguir la fisión nuclear.
Albert Einstein se refirió a Lise Meitner (1878-1968) como “la Marie Curie alemana”. Hoy, un elemento de la tabla periódica lleva su nombre, lo mismo que un asteroide, un cráter de luna y un cráter de venus. Recibió distinciones a granel y fue candidata el Premio Nobel, tanto de Química como de Física. No lo consiguió, pero, con Nobel o sin él, esta radioquímica austríaca es una de las más importantes científicas de la historia.
A partir de la fórmula de Einstein (E = mc²), advirtió que, bombardeando con neutrones el núcleo de un átomo, podía provocarse una reacción en cadena que liberara una energía descomunal. Al controlar dicha energía, podría generarse calor, electricidad, radioterapias y, sí… una explosión nuclear.
Hija de una familia judía de clase media, comenzó su vida profesional como maestra de escuela, pero, cuando se abrieron las puertas de la universidad de Viena a las mujeres, se apuntó a un programa de doctorado. Ahí se interesó por la conducción del calor, las partículas que emitían los elementos radioactivos y el modo en que se dispersaba un rayo que chocaba contra una lámina.
Más tarde, ingresó a la Universidad Friedrich-Wilhelms, de Berlín, donde conoció a Otto Hahn, un químico de su misma edad, que ya había descubierto el “radiotorio”, el mesotorio y otros isotopos. Serían colegas durante años. El director del laboratorio era entonces Emil Fischer quien, a pesar de su genialidad, se negaba a admitir mujeres. No era un problema personal sino los prejuicios sexistas de la época. Aceptó a Meitner como “invitada”, pero la envió a un sótano. Durante los primeros años, no autorizó su sueldo.
Las publicaciones que firmaron ella y Hahn le ganaron un sitio prominente. Hanh era un notable experimentador, pero ella, con su enfoque teórico y matemático, era quien entendía lo que ocurría y lograba medirlo, primero, y explicarlo, después. La muerte de su padre redujo sus recursos financieros, por lo que aceptó unirse al Instituto de Química Kaiser Wilhem, donde Hahn había sido nombrado director. Cuando la Universidad de Praga la invitó a sumarse a su equipo, el Instituto berlinés le dobló el sueldo para retenerla. Durante la Primera Guerra Mundial, fungió como enfermera.
A su regreso, se interesó por el actinio y, de nuevo en asociación con Hahn, descubrió el protactinio, elemento que faltaba en la tabla periódica. Contra muchas resistencias, se convirtió en la primera mujer profesora de física en Alemania. Aunque ella había descubierto el modo en que un electrón podría transferir energía a otro, el logro se adjudicó a Peter Auger.
Con la llegada de Hitler al poder, su condición de judía también le afectó. Para empezar, fue expulsada del Instituto. Se le permitió seguir investigando una temporada y comenzó a bombardear núcleos de uranio “para crear nuevos elementos”. Ante el avance del nazismo, sin embargo, abandonó Alemania.
En Estocolmo, a sus casi sesenta años, comenzó a aprender sueco y se involucró en la construcción de un ciclotrón. Siguió reflexionando sobre la manera de romper artificialmente el núcleo de un átomo, a partir de bombardearlo con electrones. En la carrera por descubrir la fisión del átomo estuvieron involucrados Szilárd, Fermi, Strassmann y otros destacados científicos, pero fue Lise Meitner, escribe Tom Jackson, quien “demostró que el bario se había formado porque un neutrón había penetrado en el núcleo del uranio, haciéndolo muy inestable y, en lugar de decaer, emitiendo pequeñas partículas, el núcleo se había dividido en dos. Esta era la fisión nuclear”.
Quizás el descubrimiento no pueda atribuirse exclusivamente a una persona, pues son los equipos de trabajo los que obtienen resultados, particularmente en el ámbito científico. Aun así, sin Meitner no habría sido posible el hallazgo. Ella y su sobrino, Otto Frisch, lo comentaron con Hahn, quien se apresuró a publicar un artículo en la revista Nature y, como no quería verse asociado con judíos en ese momento, no dio ningún crédito a Meitner ni a Frisch, quienes habían acuñado el término fisión.
El descubrimiento serviría para fabricar una bomba atómica – el equivalente a mil toneladas de dinamita, a partir de unos cuantos kilogramos de uranio – por lo que, cuando se inició el proyecto Manhattan para construirla, Meitner fue invitada a participar. Se rehusó. No quería que se le vinculara con aquella monstruosidad. Su descubrimiento debía tener fines pacíficos. Así, aunque la Academia Sueca financió su estancia en el Instituto de Estocolmo, fue a Hahn a quien otorgó el Premio Nobel de Química, a pesar de que en ese momento se hallaba en la cárcel por haber colaborado con el régimen nazi.
Identificada, a su pesar, como “la madre de la bomba”, adquirió la nacionalidad sueca y, más tarde, se fue a vivir a Inglaterra. Al paso de los años, el propio Hahn propuso su candidatura al Nobel, pero no tuvo éxito. Lise Meitner no se casó ni tuvo hijos. Siempre reservada, dedicada en cuerpo y alma a la ciencia, murió a los ochenta y nueve años, un par de meses después que Hahn.
