Médico de formación, Antonio Lobo Antunes (Lisboa, 1 de septiembre de 1942-5 de marzo de 2026) se inició en la literatura con cartas a su esposa (Cartas de la guerra), escritas mientras ejercía su profesión durante la llamada guerra colonial (1971-1973). Publicó 29 novelas y crónicas semanas reunidas en cinco volúmenes. Su prosa insurrecta conquistó lectores y premios. Algunos de sus libros fueron llevados al cine. Transcribo las primeras líneas de su Manual de inquisidores, (Debolsillo, 2005), traducida por Mario Merlino.
y al entrar en el tribunal en Lisboa yo estaba pensando en la quinta. No era la quinta de ahora, con las estatuas del jardín rotas, la piscina vacía, la hierba que arrasaba las perreras y había destrozado los arriates, la casona destejada donde llovía sobre el piano con el retrato dedicado a la reina, sobre la mesa de ajedrez al que le faltaban piezas, sobre los rasgones de la alfombra y sobre la cama de aluminio que acomodé en la cocina, junto al fogón, para un sueño asediado toda la noche por las carcajadas de los cuervos
al entrar en el tribunal en Lisboa no estaba pensando en la quinta de ahora sino en la casa y en la quinta de la época de mi padre cuando Setúbal
(una ciudad tan insignificante como una aldea de provincias, con luces que danzaban en torno al templete con una vibración de tinieblas, desgarradas por la desesperación de los perros)
aún no había llegado al portón y a los sauces del muro e iba río abajo en una vorágine de traineras y tabernas, Setúbal donde el ama de llaves me llevaba de compras los domingos por la mañana arrastrándome bajo el alboroto de las palomas
la casa y la quinta de la época de mi padre con una escalinata flanqueada por ángeles de granito y por los jacintos que crecían por las paredes, una agitación de criadas en los corredores del mismo modo que las personas se agitaban en el vestíbulo del tribunal
(era julio y los árboles de la calle Marquês da Fronteira se torcían al sol contra las fachadas)
en enjambres que se agrupaban y se deshacían en torno a los ascensores con una prisa ansiosa y en eso mi abogado en medio de los testigos y los acusados y de los oficiales de la sala que me tiraba de la camisa y me señalaba los escalones
–Por aquí, señor ingeniero, los divorcios por aquí
y yo indiferente al tribunal, indiferente a él, acordándome de aquel julio antiguo en Palmela
(debía de tener quince o diecisés años porque estaban construyendo el garaje nuevo junto a las hayas, el tractor giraba más allá de la huerta y las aspas de hierro del molino chirriaban bajo el calor)
en el que oí susurros y pasos y murmullos en la capilla y no eran gallinas ni tórtolas ni cornejas, era gente, eran tal vez los gitanos de Azeitão robando la imagen de la santa y los candelabros tallados
(mujeres de faldas negras, hombres que avivaban cafeteras al fuego, flacas mulas tristísimas)
y cogí uno de los bastones del jarrón esmaltado de la entrada y crucé al trote el comedor
–Por aquí, señor ingeniero, los divorcios por aquí
con la araña que goteaba sombras de cristal en el mantel, salté el arriete de esterlicias, salté las petunias, la puerta de la capilla estaba abierta, los cirios oscilaban en los arcos y no di con los gitanos de Azeitão
(mujeres de faldas negras, hombres que avivaban cafeteras al fuego, flacas mulas tristísimas)
di con la cocinera tumbada de espaldas en el altar, con la ropa en desorden y el delantal al cuello, y mi padre inflamado, con un cigarrillo en la boca y el sombrero puesto, que le sujetaba las caderas mirándome sin sorpresa ni fastidio […]
