Hay un libro que se recomienda leer, sobre todo en estos tiempos complicadísimos, se trata del diabólico texto Mi lucha, del conocido autor Adolfo Hitler. En ese texto escrito en una cárcel alemana de los años treinta, el aspirante a pintor, nativo de Austria, hace un resumen puntual de sus intenciones. Habla con toda claridad sobre su proyecto de ocupar buena parte de Europa y crear un espacio vital en las tierras del viejo imperio ruso. También se refiere a la intención de hacer una raza biológica, en la que las razas inferiores desaparezcan o sean esclavizadas.
En los años cuarenta apareció otro libro, llamado Hitler me dijo, escrito por un alemán de nombre Hermann Rauschning. El contenido del texto se resume en una frase: “Alemania será Europa o dejará de existir”. Los planteamientos, en uno y otro texto eran tan claros que difícilmente alguien pudiera decir que hubo engaños.
En uno y otro documento, hay que llamarlos de alguna manera, el futuro líder nazi habló de la necesidad de la guerra como un recurso para la permanencia y la grandeza de Alemania, del Tercer Reich y para todos los alemanes. Habló del sacrificio de los alemanes y reconoció que habría momentos dolorosos.
Este hombre, considerado el peor criminal de todos los tiempos, tuvo un rasgo más o menos humano, nunca habló de matar a individuos o grupos humanos por placer. Esto es, no llegaron hasta donde ha llegado, al menos declarativamente, Donald Trump, quien ha dicho que sería un placer bombardear masivamente a Irán. Por supuesto, no se trató de un lapsus ni mucho menos, porque algunas horas después repitió lo mismo, lo de la alegría y el placer, respecto a Cuba.
Por supuesto, los gobiernos o los procesos de Cuba e Irán tienen sus complicaciones, hace falta revisar los trasfondos históricos que explican, sin justificar necesariamente, lo que sucedió y sucede en uno y otro punto geográfico. Es decir, lo que ha pasado en el Golfo Pérsico y en las Antillas tiene varias causas que es necesario tomar en cuenta. Son temas históricos y no solamente asuntos de malos o buenos. Esa es una tarea pendiente.
En ese sentido, atender las explicaciones en uno y otro sentido, es una forma de evitar que las polarizaciones tengan nuevos sustentos. Donald Trump no es un orate común y corriente, sino un individuo, un paciente con problemas conductuales que, además, es el hombre más poderoso del mundo. Un protagonista que, en sus declaraciones, ha sobrepasado las incalificables líneas hitlerianas. Afortunadamente, todavía no ha encontrado un Goebbels que dé consistencia a sus mensajes llenos de terror.
Con este gobernante tendremos que tratar en los próximos meses, antes de comenzar las etapas más decisivas en las negociaciones del T-MEC y en otros asuntos que se incluyen en la relación de México con Estados Unidos. Quienes protagonizan la vida del país en todos sus planos, deben prepararse para recibir verdaderas andanadas de amenazas y de acciones para doblarnos. Tal vez sea hoy, como nunca, un momento para buscar un real entendimiento entre los propios mexicanos.
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