Para Fernando Espinosa de los Reyes
Considerada la periodista más importante del siglo XX, estaba convencida de que un gobernante debía rendir cuentas.
Comencé a leer Entrevista con la Historia (1974) cuando ya había terminado mi carrera de Derecho. A riesgo del lugar común, fue un libro que me zarandeó. Me hizo ver la política como nunca antes lo había logrado hacer a través de las biografías y tratados especializados que devoraba. Aquí tenía la lucha por el poder de primera mano: en la voz de sus protagonistas. Aquí estaban Mohamed Reza Pahleví, “el sha”, e Indira Gandhi; Haile Selassie y Golda Meir; Billy Brandt y Yasir Arafat…
No se trataba de diálogos amables, neutrales, con el ánimo de informar al lector la postura de los entrevistados. Eran auténticos tours de force en los que el entrevistado quedaba exhausto, exhibido en sus insuficiencias y contradicciones. Henry Kissinger, por ejemplo, admitió que aquella entrevista había sido la más desafortunada de su carrera. Para el lector común, no obstante, resultó oro molido.
El libro despertó en mi la necesidad de dejar un testimonio de mi época, así fuera desde el pequeño círculo en el que me movía. Ya había publicado un par de novelas, cierto, pero no me había animado a interpretar los tiempos que me tocaba vivir, a criticarlos, a evaluarlos. Después de leer este libro, algo cambió en mí.
Me interesé por su autora, desde luego, y supe que Oriana Fallaci (1929-2006) era una periodista florentina que, desde niña, se había sumado al movimiento partisano, para acabar con la dictadura de Mussolini. Mientras su padre estaba en prisión, ella acarreaba armas de un lado al otro del río Arno. Comenzó estudiando medicina y, tras algunas experiencias en periódicos locales, se convirtió en la primera mujer corresponsal de guerra en Italia. Reporteó el conflicto de Vietnam, dando voz a ambos bandos beligerantes, y se involucró en el de la India y Pakistán. Cubrió los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy e, incluso, la represión de 1968, en la Ciudad de México, donde resultó herida.
Supe, también, que había vivído un romance con el activista griego Alekos Pangolius, romance del que concibió un hijo que perdió. Esta experiencia la llevó a escribir Carta a un hijo que nunca nació. Más tarde, cuando su pareja murió en un extraño accidente, escribió la novela Un hombre. De sus doce libros, por cierto, vendió más de veinte millones de ejemplares.
Uno de los diálogos que me pasmó en Intrevista con la storia fue el que tuvo con George Habash, el terrorista palestino, a quien preguntó por qué, si él había sido un pediatra que curaba niños, había acabado instalando bombas en los aviones comerciales de Israel: “La opinión pública no ha estado nunca con nosotros… Apenas ahora empieza a intuir que nos han echado de nuestra tierra como a perros rabiosos: de una tierra en la que vivíamos como usted vive en Italia, como un francés que vive en Francia… Pues bien, a través de los sabotajes queremos recordar al mundo que aquí ha sucedido una catástrofe y hay que hacer justicia”.
Golda Meir le confesó que Gaza debería formar parte de Israel y, cuando entrevistó al ayatolá Jomeini, éste le soltó que las mujeres occidentales eran unas fulanas: salían a la calle vestidas y maquilladas, con el pelo al aire, con el único propósito de arrastrar a los hombres tras de sí. Fallaci se arrancó entonces el velo – condición que le habían impuesto para encontrarse con el clérigo – y Jomeini dio por terminada la sesión.
Después del 19 de septiembre de 2001, su enojo contra el Islam desbordó: “el Corán es un libro que ha intoxicado a los fanáticos”, proclamó. Publicó textos virulentos al respecto, con lo que provocó que se le acusara de instigar el odio. Fue llevada a juicio y murió de cáncer en el pulmón mientras lo enfrentaba. Imposible compartir sus posturas radicales, pero imposible no admirar su valor y destreza para hacer hablar a los protagonistas de la lucha política.
“Un periodista debe ser indisciplinado, rebelde”, sostenía: “Un gobernante está obligado a rendir cuentas”. De acuerdo con Milán Kundera, Fallaci está por encima de Hemingway y Orwell, pues fue ella la que dio el banderazo al periodismo moderno.
Sus textos son obligados en la carrera de Comunicaciones en todo el mundo y, se le adore o deteste, hay consenso respecto a que su trabajo ha inspirado miles de vocaciones. Para muchos, ella es la periodista más importante del siglo XX. En 2015 se otorgó el Premio Nobel de Literatura a Svetlana Alexiévich, primera vez que se galardonaba a una periodista. Oriana Fallaci lo habría merecido mucho más.
