Es claro que la ONU ha perdido capital político para apuntalar la paz y seguridad globales. En 2022, la invasión rusa de Ucrania marcó una línea entre la narrativa pacifista de ese máximo foro y la política expansionista de Moscú, que pasó por alto su responsablidad como miembro permanente del Consejo de Seguridad. A este capítulo se añaden los conflictos en Medio Oriente, tanto el que comenzó en Gaza el 7 de octubre de 2023, como el que se detonó el 28 de febrero con el enfrentamiento de Estados Unidos e Israel con Irán. En esa convulsa región, que atesora grandes reservas de combustibles fósiles, los hechos alcanzan a los países del Golfo Pérsico y Jordania. Ante tan sensibles eventos, se escucha el perenne exhorto del Secretario General de la ONU a las partes en conflicto para que depongan las armas y recurran a la diplomacia. En paralelo, las naciones árabes agredidas han reiterado ante esa misma organización su exigencia de que intervenga para poner fin a eventos que violan sus respectivas soberanías y el Derecho Internacional. Estos llamados y los del Secretario General, no tienen efectos, porque nada se mueve sin la anuencia de las superpotencias. De este escenario, la política mundial podría derivar en dos vertientes.

Por un lado, Europa expresa su renuencia a apoyar a Estados Unidos en un conflicto con Irán que no es suyo y que arriesga el suministro de los energéticos que mueven la economía del Viejo Continente. Así, se ahonda la brecha con Washington, ya lastimada por los cuestionamientos de la Casa Blanca a la OTAN. Por el otro, en una audaz estrategia de política exterior, el presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski, realizó recientemente una gira por varios países del Golfo y Jordania para ofrecer tecnología y asistencia militares y, así, obtener recursos para su lucha contra Moscú. De forma persuasiva, Zelenski se presentó con sus interlocutores como víctima indirecta de Irán, al que asoció con Rusia como socio en la guerra contra su país. Estas dos vertientes generan lecciones, entre otras, aquella que confirma que el modelo de diplomacia multilateral de la ONU no puede impedir la voluntad de las potencias. Paradójicamente, de esta realidad estructural, asoma la posibilidad de su necesaria reforma. En otras palabras, la crisis de credibilidad de la misma ONU abre puerta a un diseño alternativo, donde el Consejo de Seguridad tendría que reestructurarse para incorporar a países poderosos que no son miembros permanentes, porque su diseño no refleja la distribución actual del poder, sino la que existía al final de la Segunda Guerra Mundial. De igual manera, bajo un paraguas conceptual distinto, el derecho de veto tendría que modificarse, de tal suerte que se ejercite ante situaciones bien acotadas y no paralice al sistema multilateral, como ocurre hoy. Una segunda lección tiene que ver con el valor de las alianzas que forman los países para impulsar causas comunes. Aunque tales alianzas han probado su utilidad, no puede soslayarse que, ese mismo mérito, esconde la semilla que podría poner fin a la ONU y dar paso a una edición inédita de la sociedad mundial, donde el Estado estaría por encima de arreglos multilaterales. Ello entraña peligro, en especial cuando los Estados no son democráticos y omiten la rendición de cuentas, particularmente en materia de Derechos Humanos. Así las cosas, atrás habría quedado el tiempo en el que el mundo admiró los atributos de Naciones Unidas. Lo que hace falta hoy es que, de verdad, esos atributos le permitan asumir la custodia efectiva de la paz. (Asumus custodia pacis).

El autor es doctor en Ciencias Políticas e Internacionalista.