Convirtió a la enfermería en una profesión respetada

En la semblanza que escribió sobre Florence Nightingale (1820-1902), Lytton Strachey asegura que, a pesar de su imagen de mujer abnegada, estaba poseída por un demonio. Pero la haya poseído un ángel o un demonio, lo cierto es que ella fue el motor principal para modernizar los hospitales en Inglaterra. Más aún, la pionera de la enfermería tal y como hoy la entendemos.

Nació en el seno de una familia riquísima y desde niña supo que la vida de esposa y madre no era lo suyo. Se sentía incómoda ante la frivolidad de fiestas y banquetes, le aburrían la moda, los caballos y hasta el cortejo de sus enamorados. A los veinticinco años, se sintió asfixiada. Deseaba fundar una hermandad de mujeres “con sentimientos elevados” y, mientras eso ocurriera, anunció, se iría a trabajar de ayudante médica al hospital de Salisburg.

Pasó temporadas completas en distintos barrios pobres de Londres, recorrió asilos y leyó cuantos libros cayeron en sus manos sobre el cuidado a los enfermos. Los reportes sanitarios le fascinaban. Trabajó en clínicas de Italia, Francia y Alemania, lo cual la convenció de que debía seguir su vocación, contra viento y marea.

Cuando el zar Nicolás I ocupó parte del Imperio Otomano, Inglaterra y Francia le declararon la guerra, temiendo que pretendiera controlar Constantinopla. Así inició la Guerra de Crimea. Aprovechando que Sidney Herbert, su íntimo amigo, era ministro de Guerra, Nighingale le pidió que la enviara a Scutari, en el lado asiático de Estambul, donde Inglaterra había establecido su cuartel general. Ella tenía entonces treinta y cuatro años y decidió que toda su vida se había preparado para aquello. Apenas obtuvo autorización, reunió a otras treinta y ocho jóvenes y partió a Turquía.

Su personalidad, don de mando y buenas relaciones, le permitieron coordinarse con los militares y, más de una vez, desafiarlos. Desde que llegó, comenzó a realizar pequeñas mejoras para mitigar el dolor de quienes padecían cólera, tifus, disentería o gangrena. Los equipos de salud y las medicinas escaseaban; los barracones sin ventilar despedían un hedor escalofriante y los operarios eran burócratas que destacaban por su arrogancia. “Aquí no necesitamos nada”, le advirtieron.

Pero ella había recolectado 7 mil libras y, con ellas, compró equipo que no tardó en necesitarse. Consiguió que se colocara un almacén de insumos médicos en Scurati, pues ir a Estambul por una venda cada vez que hacía falta era un exceso de ineficiencia. También reorganizó la cocina y la lavandería del hospital. Los heridos debían alimentarse bien y contar con camas y ropa limpia. Cuando escaseaban recursos, ya se tratara de jeringas, fármacos, cucharas o calcetines, ella los adquiría con sus propios recursos.

Cuando The Times inició una colecta y el embajador inglés en Turquía sugirió que con ese dinero se construyera una iglesia protestante, el periódico se rehusó y entregó el dinero a Nightingale, quien lo destinó para apoyar a los heridos. En las noches, escribía una carta tras otra a los funcionarios del Ministerio de Guerra para informar el estado de las cosas y pedir nuevos patrocinios. Luego, armada de una lámpara, iba de cama en cama a conversar con los soldados convalecientes. “¡Cómo reconforta verla pasar!”, murmuraban ellos.

En su libro Crimea, Orlando Figes señala que, a pesar de los esfuerzos de Nightingale, murieron 4 mil soldados en los hospitales de Scurati, “casi ninguno a consecuencia de heridas de combate”. El motivo fue que el barracón del hospital estaba sobre un pozo séptico y sus aguas negras se filtraban en el agua potable. Cuando esto fue descubierto, las infecciones cesaron y se redujo la tasa de mortalidad de los soldados de un 40% a un 2%.

“Aunque su impacto ha sido sobreestimado (y la contribución de los oficiales médicos, asistentes y boticarios británicos prácticamente ignorada)”, concluye Figes, “no hay duda de que consiguió poner las cosas en marcha en el hospital principal de Scurati”. Quizás también se haya ignorado la participación de las hermanas de la caridad, del lado francés, y las innovaciones de Nikolái Pirogov, del ruso… pero nadie quita su sitio a Nightingale.

Al terminar la guerra, regresó a Londres, se entrevistó con la reina Victoria e impulsó la creación de una Comisión para supervisar la salud en el ejército. Trabajó infatigablemente para remodelar cuarteles y hospitales, instalar en ellos agua potable, luz y calefacción. También exigió que se regulara la intendencia a través de un código administrativo y que se inauguraran cafeterías, gimnasios y talleres de lectura. El cuidado que debía brindarse a los pacientes debía ser completo. Holístico, diríamos hoy.

Su proyecto más importante fue la Escuela de Enfermería en el Hospital St. Thomas, que fue el que la convirtió en fundadora de la enfermería como una disciplina cualificada: como una profesión, vaya. Sus Notas sobre hospitales son un ejercicio pionero en las estadísticas de salud.

A raíz de la brucelosis que contrajo en Crimea, enfermedad que le provocaba fiebres y debilidad extrema, los últimos años de su vida los pasó recluida en su casa de Londres, casi siempre postrada en cama. Ahí recibía a políticos, científicos, militares, artistas y miembros de la nobleza. Aunque acabó ciega, siguió dictando cartas e impartiendo instrucciones hasta el último día de su vida.