En los inicios del siglo veinte se arregló, en la aristocracia de San José, el matrimonio del joven Ricardo Jiménez Oreamuno, un brillante abogado y jurista con un verbo privilegiado, dueño de una habilidad para repeler a sus enemigos con un sarcasmo brillante. Este ciudadano al que me refiero ocupó tres veces la silla presidencial y ha sido el único costarricense en ser presidente de los tres poderes de la República: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. En su época era muy común arreglar matrimonios con la facilidad con la que hoy en día se arreglan pactos políticos, se otorgan puestos a sinvergüenzas corruptos y, en fin, se premia al ignorante pero tonto útil a cambio del poder.

Bueno, don Ricardo cometió un error porque él sí se enamoró de aquella mujer con la que se negoció su matrimonio. Fue tan grande su error que, antes de poder casarse, lo enviaron a México a solucionar algunos asuntos y, cuando regresó a Costa Rica, a la mujer que ya sería su esposa la encontró casada con el hijo de otro influyente personaje de la época. Esto lo convirtió en un político frío, calculador y muy hábil para escalar las más altas posiciones en todos los poderes de la nación.

Aquel inesperado viaje a México cambió por completo su cándida cosmovisión sobre la vida, la política y el amor, y lo convirtió en un hombre silencioso y solitario, desconfiado al punto que acostumbraba decir: “Cuidado con los que hoy me aplauden tanto, que son los mismos que mañana me pedirán el sombrero para recoger la colecta de mi entierro”. Así veía a su entorno este hombre brillante en lo jurídico y en lo político, pero destrozado en el amor.

No necesitaba largos discursos para destruir a sus adversarios o para convencer a sus seguidores; la economía de su verbo le permitía decirlo todo con el mínimo de palabras, pero con todo el veneno necesario. No fue esto así siempre. Su razón fue una hermosa mujer, joven, de origen humilde, que no venía de ninguna familia importante y más bien estudió incluso idiomas, en momentos en los que a las mujeres no se les permitía ni votar. Don Ricardo marcó una pauta dentro de la política y la alta sociedad en los tiempos que le tocó vivir, que sus detractores utilizaron en su contra a placer y que, sin duda, a cualquier otra persona la hubiera obligado a bajar su perfil o hasta a alejarse de la vida política.

¿Quién era aquella sorprendente mujer que logró enamorar a tan brillante abogado? Pues, ni más ni menos, le llamaban “la Cucaracha”. Era odiada por la aristocracia no solo por convivir sin que existiera matrimonio con don Ricardo; era otra la razón, y tal como fue se las cuento: ella era una mujer dedicada a la prostitución y algunos mencionan que se conocieron en el propio burdel donde ella trabajaba y que frecuentaba don Ricardo Jiménez Oreamuno.

Recordemos que en esa época, al existir tantos matrimonios arreglados, era común que frente a la alta sociedad se presentaran las parejas como matrimonios, pero era normal que cada uno tuviera amante o que se refugiara en sitios de placer a cambio de un pago. Y de uno de estos lugares salió una primera dama de la República de Costa Rica, doña Beatriz Zamora López, quien luego de convivir con don Ricardo por años, se casó con él; según algunos, por presión del nuncio apostólico, dato que no puedo ni me interesa confirmar. Como diría el mismo don Ricardo: “Zapatero a tus zapatos y el cura a sus responsabilidades… que el cielo es muy grande pero Costa Rica es muy pequeña para dos gobiernos”.

Esta dama destacó por su labor en favor de los presidiarios de la cárcel de San Lucas, isla de horrores que dio pie a la obra La isla de los hombres solos de José León Sánchez, y sobre la cual ya me permití hablar en mi columna “El monstruo de la basílica”.

La suerte que corrió este matrimonio fue, sin duda, el desprecio de la alta sociedad de la época que, con su doble moral, criticaba al presidente y a su esposa. Eran la burla y la humillación, y con brillante elocuencia don Ricardo se dejó decir: “A Beatriz la saqué yo de donde estaba; a muchas de las señoras que la critican, no hay quién las saque de donde están”, refiriéndose a la hipocresía de la época, y agregaba: “Ella no tiene el árbol genealógico de ustedes, pero tiene la decencia de no ocultar sus raíces”.

Otro de sus dardos los lanzaba a los mismos políticos; con simpleza, pero con estocada de lujo, solía decir: “En política, los amigos de hoy son los enemigos de mañana… y los enemigos de hoy son los cómplices de pasado mañana”.

Así vivió con sus grandes amores, que fueron: la presidencia de los supremos poderes, la ley —vale aquí recordar aquella frase: “La ley es como una red: atrapa a las moscas pequeñas y deja pasar a las grandes”—. Así desafió a su entorno; supo leer perfectamente la época que le tocó vivir.

Y el mayor de sus amores, Beatriz, la mujer que lo acompañó desinteresadamente. El expresidente acostumbraba decir que Beatriz era la única mujer que amaba al ser humano, a Ricardo por ser Ricardo, y no por ser el presidente de la República. De ella contaba que se encargaba de su salud, de su alimentación y sobre todo de su paz mental para enfrentar sus obligaciones como presidente; acotaba con orgullo: “Prefiero una mujer que ha conocido la vida y me ama, a una mujer que solo conoce el protocolo y ama mi puesto”.

El infeliz desamor que sufrió por su viaje a México le puso en su camino al amor de su vida. En el año de mil novecientos treinta y tres y a consecuencia de un cáncer de estómago, la luz de sus ojos se apagó. Beatriz murió y, según los que conocieron cómo fue la vida de don Ricardo después de que ella falleció, se le veía siempre solitario caminando por la ciudad. Fue así hasta el final de su vida: volvió de nuevo el hombre aislado, melancólico que repetía sus diálogos interminables en su cabeza, rumiando su dolor día tras día.

A lo mejor recordaba las tiernas palabras que pronunció Beatriz antes de morir: “Me siento muy mal, muy enferma. Quiero decirte que siempre me gustaron el lujo y las comodidades y le tuve horror a la pobreza; por eso cometí faltas que Dios me perdonó, puesto que vos me las perdonaste. Quizás por última vez quiero repetirte que en mi vida solo tuve un amor verdadero, y ese mi amor grande y profundo como el cielo y el mar, has sido vos, Ricardo”.

San José, Costa Rica

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