La tensión en el Medio Oriente y el peligro del Estrecho de Ormuz nos han recordado una vez más una verdad incómoda: en una economía globalizada, ningún país es inmune. El petróleo no es solo un insumo estratégico; es un transmisor inmediato de la inflación. Cuando aumenta, encarece el transporte, la logística y la producción. Y, como suele suceder, el costo lo terminan pagando las y los mexicanos.

A partir de ahí, el diagnóstico es difícil de discutir. México, al igual que el mundo, lleva la peor parte. La inflación, que ya experimentaba presiones desde principios de 2026, tiene sus principales fuentes en la energía y los alimentos. No es un evento único o exclusivamente doméstico.

A este entorno se suma un factor interno que, aunque menos visible en el debate público, resulta determinante: la política fiscal aplicada a los combustibles. El Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) no solo cumple una función recaudatoria, sino que actúa como un mecanismo que puede suavizar o intensificar los efectos de los choques externos. En contextos de alta volatilidad internacional, su manejo se vuelve crucial. Cuando el precio del petróleo aumenta y el impuesto no se ajusta con suficiente rapidez o profundidad, el impacto se traslada casi de forma directa a los costos logísticos y productivos.

En ese sentido, recientemente presenté un punto de acuerdo para plantear una respuesta inmediata ante esta presión: reducir en 50% el IEPS aplicado a gasolina y diésel para aliviar los costos logísticos, acompañar esta medida con apoyos directos a pequeños y medianos productores del campo que contengan el alza en los alimentos, y reforzar la seguridad en carreteras para proteger al sector transportista. La intención es clara: utilizar la política pública como un amortiguador frente a un entorno internacional cada vez más volátil.

Pero reducirlo de manera significativa tampoco es una solución sin costos: implica una menor recaudación en un momento donde el espacio fiscal es limitado y las presiones sobre el gasto público aumentan. En otras palabras, el IEPS coloca al Estado frente a una disyuntiva compleja: absorber parte del choque externo a costa de sus finanzas, o trasladarlo —al menos parcialmente— a consumidores y sectores productivos. Esta tensión no es menor, porque define en gran medida la capacidad de respuesta del país frente a episodios de volatilidad como el actual.

El debate solo se vuelve más complejo cuando el análisis del entorno internacional se convierte en un diagnóstico integral del estado interno del país.

En varias oportunidades he planteado una idea central: México es ahora una economía vulnerable, estructuralmente debilitada y, por lo tanto, particularmente expuesta a choques externos como el presente. Esta no es una declaración sin sentido, y tiene una dosis que merece una seria contemplación.

El bajo crecimiento económico en los últimos años es uno de ellos. Mientras tanto, con una expansión de solo el 0.8% en 2025 y estimaciones de leves a moderadas hacia 2026, el país está bastante lejos de un fuerte dinamismo. Además, el PIB per cápita se mantiene en niveles similares a los de hace varios años, lo que sugiere un estancamiento en el ingreso promedio.

Hay un punto sólido en esta variable: México no está creciendo lo suficiente. Pero de esa premisa llegamos a la conclusión de que el país enfrenta una condición de debilidad generalizada, ese es un salto que necesita ser examinado con más cuidado.

Porque los mismos datos también permiten otra lectura. No estamos lidiando con una economía en crisis abierta: no hay una recesión profunda, ni una inflación descontrolada, ni un deterioro fiscal inmediato. En cambio, parece una economía que opera en una zona intermedia — estable, en términos fundamentales, pero con un potencial de crecimiento limitado.

Esa distinción es clave. Un país colapsado no es lo mismo que uno que se expande poco. Y sin embargo, en el debate público, ambos escenarios a menudo se enmarcan como sinónimos.

Lo que sucede de manera similar es cuando otros elementos influyen en el diagnóstico. Delitos como el “huachicol fiscal” -contrabando y fraude donde combustibles (diésel/gasolina) importados se declaran falsamente como aditivos, lubricantes o residuos químicos para evadir impuestos (como el IEPS), involucran cientos de miles de millones de pesos-, o también está la captura de instituciones como el Poder Judicial o el árbitro electoral.

El mismo problema se observa en el sector productivo. La referencia al abandono del campo y su conexión con el aumento de los precios de los alimentos sugiere un debate útil, pero que carece de precisión: ¿Es una caída en la producción? ¿Un problema de competitividad? ¿Costos? ¿Política pública? Y sin esa claridad, el argumento pierde poder explicativo.

Esto no niega la preocupación original. De hecho, la economía mexicana tiene una debilidad estructural, no es un tipo de colapso inminente, pero si es debilidad económica del tipo que es menos visible, pero más difícil de superar: es decir, no hay suficiente crecimiento para dejarle al país un margen de maniobra en respuesta a choques externos.

Y es aquí en donde gira el debate. Porque la guerra en Irán y los precios del petróleo han resultado en al menos dos narrativas coexistentes. Una que enfatiza la fragilidad interna y advierte sobre mayores riesgos. Otra que se centra en la estabilidad macroeconómica y minimiza el impacto. Ninguna es completamente falsa, pero ambas son, en el fondo, incompletas.

El problema no es solo el shock externo, sino lo que revela: un país que ha normalizado crecer poco, recaudar caro y reaccionar tarde. Mientras el debate se queda en la superficie —entre culpas externas y defensas internas—, la economía sigue operando sin el margen que necesitaría para enfrentar lo que viene. Y en esa brecha, silenciosa pero persistente, es donde realmente se está acumulando el costo.

Entre el catastrofismo y la complacencia, encontramos una verdad más incómoda: México no está en crisis, pero tampoco está en una posición estable. Es una economía que resiste, pero con pocos márgenes. Y en un entorno global más volátil, esa diferencia puede ser más profunda de lo que parece.

El autor es senador de la República y presidente de la Comisión de Desarrollo Municipal

@MarioVzqzR