Para Denisse Orozco
Comparada con otras monarcas de la historia, María Teresa de Austria (1717-1780), carece del glamour de Isabel la Católica, Isabel de Inglaterra o Catalina de Rusia. En los más de cuarenta años que gobernó, mantuvo la estabilidad del imperio austríaco y prefirió concentrase en la educación, la modernización y el bienestar de su pueblo antes que en guerras de expansión.
Cuando murió Carlos VI, su padre, descubrió aterrada que, a sus veintitrés años, no se le había preparado para gobernar. Al interior, estaba rodeada de un consejo de ancianos que sólo se preocupaban por sus canonjías; al exterior, por tiranos voraces, dispuestos a arrebatarle sus territorios. Por ello – qué paradoja – su reinado comenzó con guerras.
Apenas ciñó la corona, Federico II de Prusia se abalanzó sobre Silesia. Con 22 mil soldados, se enfrentó al ejército austriaco, que tenía 45 mil… y lo batió en Rosbach. Luego, en Leuthen, venció a los 75 mil austríacos con solo 35 mil prusianos… al constatar la fragilidad de la reina, Francia imitó a Prusia.
Resignada a la pérdida de Silesia, tuvo que elegir qué batallas dar. Así recuperó Bohemia y Praga, poniendo de su lado a los húngaros. El príncipe de Bohemia aprovechó el impasse para convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero, a tres semanas de haber sido ungido, María Teresa le arrebató incluso, Múnich, su capital.
En cuanto murió el emperador, María Teresa pactó con sus aliados que el Sacro Imperio quedara en manos de Francisco Esteban, su incompetente marido – y su talón de Aquiles – aunque, por supuesto, fue ella quien gobernó Austria y el imperio.
Apoyada por su canciller Wenzel von Kunitz, se apresuró a hacer la paz con Francia y a firmar tratados de cooperación con Rusia y Suecia. Cuando Das Monstrum – así se refería ella a Federico – volvió a atacar, la alianza austro-rusa lo hizo tambalear.
Y Das Monstrum habría perdido hasta Berlín si no muere la zarina rusa y la reemplaza Pedro III, quien retiró su apoyo a Austria y lo brindó al prusiano. Esto acabó costándole la vida a Pedro, pues sus soldados no olvidaron la afrenta. Lo asesinaron y, en su lugar, proclamaron zarina a su esposa, quien pasó a la historia como Catalina “la grande”.
Decidida a modernizar su imperio, María Teresa dedicó a ello en cuerpo y alma. Comenzó con el ejército. Austria no sobreviviría sin soldados preparados, armas, equipos y academias militares. Los desencuentros con Federico habían sido una durísima lección.
Luego, redujo el poder de las dietas, regularizó la hacienda pública – catastro incluido –; creó una burocracia profesional, implantó la educación primaria obligatoria en todo el imperio para niñas y niños; fundó hospitales y laboratorios de investigación médica, impulsó la industrialización, redujo aranceles para agilizar el comercio y castigó los abusos de los nobles contra obreros y campesinos. No paraba.
Aunque en un principio respaldó a los jesuitas, pronto advirtió que estaban incorporando a las filas de la Compañía de Jesús a los jóvenes más talentosos y, dado que ella pretendía que estos jóvenes sirvieran al gobierno, expulsó a los sacerdotes. Se enfrentó con el Papa y, para que no cupiera duda de su catolicismo, también echó a judíos y a protestantes. Al darse cuenta de que había cometido un error, tuvo un rasgo que Isabel la Católica jamás habría tenido: admitió su error y los volvió a llamar.
La religión católica era la amalgama que cohesionaba al imperio, sí, pero ella era una mujer pragmática que se concentraba en lo que podría hacer y no en lamentar sus pérdidas o en soñar imposibles. “Política clarividente y casi vidente, escribió Stefan Zweig, sabe lo débil que es el ensamblaje de esa mezcla de naciones unidas al azar, y con cuánta cautela y contención, con cuan inteligente pasividad, puede únicamente prolongarse su existencia”.
Además de la religión, la lengua podía ser útil en el ejercicio de cohesión nacional y ordenó que sus veinticinco millones de súbditos estudiaran en sus lenguas vernáculas – checo, polaco, húngaro, moravo, eslovaco, croata, italiano… – pero todos debían saber leer y escribir, también, en alemán.
Tuvo dieciséis hijos: 5 varones – dos de ellos emperadores – y once hijas, de las cuales nunca se sintió satisfecha. La más famosa de ella fue María Antonieta, a la que se empeñó en casar con Luis XVI de Francia. La joven no estuvo a la altura del desafío y, aunque al final lo advirtió, fue demasiado tarde: murió guillotinada. María Teresa ya no vivió para verlo.
