Reconozco que soy seguidor del sueño mexicano y por esa razón escribo estas palabras con profunda preocupación y tristeza: Todo inició así: ¨Don John, váyase para el hotel inmediatamente y quédese con su familia, no salga¨; así me escribió una de las personas que más admiro y aprecio, un distinguido colega, abogado, catedrático y escritor constitucionalista.
Este mensaje llegó a mi celular una tarde fría de domingo en el mes de febrero mientras escuchaba a los mariachis, me comía un guacamole con chicharrón y veía comer taquitos de chapulines, a lo que por cierto no me animé.
Debo reconocer que me sentí en una encrucijada, no por el tema de los chapulines, más bien porque no entendía lo que estaba pasando, hasta que mis amigos mexicanos me dijeron que se había dado un operativo policial en el que acababa de fallecer el líder de un poderoso cártel de la droga y eso estaba generando el caos y la violencia en diferentes partes de la República mexicana. Yo estaba a tres cuadras de la fiscalía especializada donde las autoridades custodiaban el cuerpo que era trasladado en una unidad de servicios periciales, celosamente resguardada por una gran cantidad de móviles y efectivos fuertemente armados; así trasladaron el cuerpo del recién abatido y sin saberlo, nosotros podíamos estar expuestos a actos de violencia que jamás hubiera imaginado.
A las cinco y veinte de la tarde un veintidós de febrero de este dos mil veintiséis de verdad que me dolía salir de Plaza Garibaldi; el ambiente era tan pero tan mexicano y creo que hasta me hubiera animado a probar por lo menos un par de taquitos de chapulín porque realmente amo la cultura mexicana y lo peor es que era nuestro último día en México; al lunes siguiente ya teníamos los asientos pagados para poder volar a Costa Rica de regreso.
Pero lo que más me dolió fue que abrí los ojos a una realidad mexicana muy triste y muy diferente de lo que vemos desde fuera de México, porque yo quería comer tortas y tacos escuchando mariachis y ofrecer un ciclo de conferencias a las que me habían invitado en las más destacadas universidades de la Ciudad de México; sin embargo, mientras mi fantasía se proyectaba en cada una de las actividades que pude realizar, los hermanos mexicanos se mataban entre ellos mismos.
Cuando yo era niño soñaba con conocer a la Virgen morena de Guadalupe, pero ahora resulta que Morena es un partido político acusado de actos de nepotismo y corrupción muy serios. Por eso me pregunté: ¿Adónde vas, México? Qué pasó con tus colores, el picante, la tradición indígena, la lucha libre, los charros, tu hermosa música que rompe vientos, nos hace llorar, congela los años y no respeta fronteras.
México no es solo de los mexicanos, es patrimonio de toda la humanidad y hoy, como la Bikina, ¨tiene pena y dolor¨ y desde afuera vemos que ya ¨no conoce el amor¨. No te pierdas, México, sigue andando ¨altanera, preciosa y orgullosa¨ y déjate consolar, que el mundo entero te lloraría si te pierde.
Tienes una pena, un pueblo dividido, territorios sin control, pero muchos queremos verte como has sido y necesitamos que sigas existiendo. Desde afuera se murmuran muchas cosas y vemos el dolor de un pueblo que se juega su prestigio democrático en luchas políticas sin rumbo y sin objetivos, o bien que únicamente quieren responder a sectores de poder económico que no se dan cuenta de todo lo orgullosos que deberían estar si entendieran lo que significa ser mexicano.
“Altanera, preciosa y orgullosa”, objeto de miradas, admirada pero herida; así estás hoy en día, pero entonces ¿para dónde vas?
Esta pregunta me recuerda la afirmación de Jean Florence, cuando se refiere al artista y su creación: “El artista, como el psicótico, comienza por huir de la realidad y a rebelarse contra ella, pero como el neurótico la respeta demasiado para volver a ella, fuente de su deseo que lo hace metamorfosear esta realidad, produciendo en ella una obra y haciéndola reconocer por una colectividad¨ / La norme et l´ imaginaire/.
Aquí la obra ya está escrita, la pintura enmarcada y la estatua colocada, pero pareciera que no la reconocen, no la cuidan, la están dejando ir en manos de políticos ignorantes de las leyes que deben crear y que luego estas leyes caen en las garras de jueces que no saben cómo aplicar esas mismas leyes que se crearon con las manos sucias.
¿Será posible que México esté perdiendo su identidad cultural, religiosa, intelectual? O será más bien que la gente buena que vive en este país está escapando de la realidad como el psicótico por llevar una pena honda pero que, por orgullo, no la quiere ver.
Sea lo que sea que esté sucediendo, desde fuera no se percibe con claridad y desde adentro parece que no lo quieren ver. Claro que no puedo generalizar porque muchos sí están muy preocupados; el tema es que no sabemos si todavía se puede rescatar de las manos del narcotráfico, de la corrupción y del populismo punitivo que está eliminando muchas de las garantías de los ciudadanos.
Yo apuesto al orgullo mexicano y, como decía Guillermo del Toro: “Nuestra forma de ver el mundo en México es diferente a las demás. Nuestra relación con el azar y el instinto que tenemos para maniobrar es profundamente único. Nuestra plasticidad y capacidad para afrontar un reto estético es muy nuestro y esa es una ventaja gigantesca”. Y esa diferencia nos puede devolver a todos el México que deseamos tener los nacidos en esa tierra y los que nacimos mexicanos de corazón. “Soy muy mexicano, no tiene remedio. En donde he estado, lo que me alimenta es México”, como bien lo dijo el pintor oaxaqueño Rufino Tamayo.
Y es que México es tan lindo que hasta para vivir la eternidad vale la pena y no lo digo yo, lo cantaba Jorge Negrete: “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí… México lindo y querido, si muero lejos de ti, que me entierren en la sierra al pie de los magueyales y que me cubra esta tierra que es cuna de hombres cabales”.
San José, Costa Rica
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